Para soñadores de la realidad y vividores de lo imaginario.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Esta es la historia de un hombre hundido por una palabra

Le tenía amarrado por los tobillos y era incapaz de soltarse. Si miraba hacia abajo no distinguía nada en aquella oscuridad. Alzaba los brazos y sus manos abiertas pedían socorro en silencio. Miles de caras ajenas pasaban por su lado impasibles, nadie le veía, quizá fingían no verle, lo mismo daba. Cada día un poco más hundido, pocas esperanzas quedaban ya, aquello iba a comérselo poco a poco, disfrutando de cada bocado. No sabía dónde estaban sus amigos, qué habría sido de su familia. La soledad llegó con todo el equipaje preparado y se instaló para quedarse. Le miraba burlona desde su propio sofá, viendo cómo se lo tragaba el porvenir. “Déjate llevar”, le susurraba, “no hay nada que puedas hacer”, y él creía que era cierto, pero el agujero negro donde se habían perdido ya sus pies le aterrorizaba, no sabía si aún le pertenecían, si consiguiera soltarse alguna vez, ¿seguirían ahí? La muerte llegó por sorpresa con aquella palabra, el primer bocado, la mordida certera, después aquel reptil silencioso sólo tenía que ir engulléndolo despacio. 
No recordaba en qué momento su boca se desligó de sus pensamientos, se creía un hombre sensato, aunque, siendo justos, cuántas veces le había mandado callar su mujer. “Vives de la prudencia ajena”, le decía en la intimidad del dormitorio, “siempre dices las cosas sin pensar”. Ahora no estaba seguro si lo que había provocado el derrumbe definitivo fue lo que dijo, cómo lo dijo o a quién se lo dijo. Tal vez fuera un cúmulo de catástrofes encadenadas. Podía haberlo dicho en otro tono, o cambiar la palabra por una mirada de esas que no necesitan banda sonora, podría haber pedido un plato asfaltado de guindillas en la cena, que le encantaban y era lo único que conseguía dejarle mudo durante un rato. Pero hizo algo cotidiano y miserable a un tiempo. Habló. Habló y los demás callaron. Habló y algo se rompió. Habló y las fauces de la bestia le pillaron por sorpresa. Habló y todas las burbujas de su vida estallaron de repente.
Ya no podía verse las piernas, la nebulosa negruzca iba más rápido de lo que podía parecer. Sus manos seguían agitándose por encima de su cabeza, intentando agarrarse a algo, cansadas, pronto flaquearían las fuerzas y simplemente caerían inertes. Jamás se había parado a pensar en el daño que pueden hacer las palabras. Uno puede lanzarlas como dardos venenosos, si dan en la yugular, diana y cien puntos. Ahora estaba disfrutando del premio gordo, una cosecha de sentimientos heridos que le contestaban con silencio. Porque las palabras hieren, pero el silencio que algunas te devuelven, simplemente mata.

Perdido en sus pensamientos se quedó quieto un momento, miró hacia arriba por última vez, ya no podía ver nada, se dejó llevar.