Para soñadores de la realidad y vividores de lo imaginario.

martes, 16 de diciembre de 2014

Los feos también molamos

Hoy he pasado al lado del escaparate de una tienda, es una cadena de productos de belleza. La que está en mi barrio es bastante grande, tiene dos plantas, así que dispone del espacio suficiente en la fachada para publicitarse. Reconozco que no soy un ejemplo de cliente asiduo a este tipo de comercios, no suelo gastar dinero en productos de belleza, no porque crea que no me haga falta, ya os digo yo que el cuerpo no me acompaña para ser una súper modelo, pero tampoco le doy importancia a eso. Me cansa pensar en el tiempo que tendría que gastar en ponerme cremas antiarrugas, antisequedad, anticelulíticas, rejuvenecedoras y luego esas, que no sé cómo se llaman, que sin ser maquillaje te cambian el tono de la piel discretamente al parecer, para que nadie lo note. Claro que una pregunta que me hago, es que si nadie va a notarlo, ¿para qué nos vamos a echar la crema?  Otra cosa que me frena mucho es el tema de los ingredientes que llevan; baba de caracol, líquido amniótico de fetos de ballenas, hormonas de glándulas de cerdos, ácido úrico de vacas y cosas así. Me da un poco de asco pensar en ponerme eso en la cara.
Pero si no eres de cremas no pasa nada, porque este establecimiento también ofrece una amplia gama de productos que pueden conseguir que parezcas otra persona con algo de tiempo y mucho dinero, a saber: maquillaje para la cara, sombra de ojos, rimmel,  a este último le podría acompañar un instrumento que parece de tortura, pero que en realidad se llama riza pestañas, porque por si no lo sabéis, los ojos con tirabuzones quedan más bonitos. También tienen pintauñas, pintalabios, aunque ahora no se llaman así, en vez de pintalabios tienes que pedir “color whisper sensational”, (sí, no sé cómo recuerdo el nombre, pero sólo este), polvos anti brillos y anti reflejos, tintes para el pelo con colores que yo no sabía que existían, correctores de ojeras, de expresión, de arrugas, de lunares, de granos y de no sé qué más. Y a parte de todo esto, seguro que hay miles de productos más, que yo, en mi ignorancia, no tengo el gusto de conocer.
Pues bien, yo respeto a la gente que se pone guapa, no os vayáis a creer que tengo la maldad de las feas. Para el que no me conozca, la maldad de las feas es el nombre que he acuñado para un experimento sociológico que llevé a cabo durante algunos años, no tiene ninguna base científica, pero si creéis en mi palabra ya os digo que existe. Pero volviendo al tema, entiendo que todos queramos vernos mejor y que de vez en cuando alguien se pare y se dé la vuelta para mirarnos cuando vamos por la calle. Pero lo que he visto hoy en el escaparate de este sitio me ha parecido una aberración, aquí os pongo la lista de lindezas que me he encontrado:
  • El término belleza interior lo inventó alguien muy feo.
  • La princesa se casó con el príncipe, no con la rana, que era el príncipe antes de ser el príncipe. Esto hasta está mal escrito, que ni siquiera se entiende bien, pero así lo ponía.
  • Que tu madre te vea siempre guapo no significa que lo estés.
  • La suerte de la fea, la guapa la desea JA JA JA. Supongo que esto es ironía.
  • Nadie tiene sueños eróticos con alguien muy simpático. Este me ha llegado al alma.

Y ahora no sé qué decir, porque esto me ha dejado sin palabras. Entiendo que esta gente quiera vender, pero me parece un sistema muy agresivo y de mal gusto llamarle feo a la cara a un posible cliente potencial. Es como si sólo se dirigieran a los que tienen la autoestima por los suelos.  Da la sensación de que vas a entrar en la tienda y una señorita con pestañas tirabuzoneadas  te va a mirar de arriba abajo y te va a decir: ¿pero cómo vas así por la calle?, menos mal que has venido, no te preocupes que aquí estoy yo para salvarte de ti mismo. Y vas a salir de allí con pinta de payaso, la misma autoestima y un agujero enorme en la tarjeta de crédito.

Así que no sé, si algún día me da por echarme cremas, creo que le pediré a mi abuela una receta natural de las antiguas, con las rodajas de pepino en los ojos y la cara verde, pero al menos sabré que no me he gastado el dinero para echarme baba de caracol.