Para soñadores de la realidad y vividores de lo imaginario.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Observar

El otro día, hablando de todo un poco en una tertulia informal, no se quién me dijo que yo me fijaba en todo. No sé si era una especie de crítica, un elogio o una frase en línea recta que no iba en ningún sentido en realidad. No pregunté, porque es cierto, yo me fijo en todo. A lo mejor algún día este capricho de observar lo que me rodea anticipa un accidente y me convierto en una heroína, nunca se sabe.
Lo cierto es que me gusta curiosear el mundo y, como el mío es pequeño porque no me da para ir a tantos lugares como quisiera, pues yo lo hago grande convirtiendo mi observatorio en un auténtico laboratorio de rayos x.
Un día quedé con unos amigos, las típicas cervezas en un lugar conocido en el que te sientes a gusto, pues en la pausa del parloteo para dar un trago y comer la croqueta del pincho de turno, yo veo a un señor cargado con un acordeón. Y entonces no puedo dejar de hacerme preguntas, la primera es ¿en qué momento uno empieza a tocar el acordeón? no me parece un instrumento al uso la verdad. Me inquieta pensar cuándo decidió que quería aprender a tocarlo, cómo lo consiguió, porque un acordeón no es precisamente una flauta y, ¿saber tocarlo le habrá hecho más feliz?. No lo pregunto claro, porque yo soy observadora pero no la típica loca que va metiéndose en la vida de la gente, al menos casi nunca. Y ya, fijándome un poquito más, voy a por la segunda, ¿si tocas el acordeón para sacarte unas monedas, por qué llevas esa cara de perro rabioso? A este señor le he visto muchas veces y siempre tiene la misma cara, no puedo dejar de preguntarme cómo consigue que le den dinero si parece que cuando te vas a arrimar a él te va a soltar un bocado.¿Y cómo no voy a fijarme en eso? ¿Quién no se fija en eso?

Otra cosa que hago mucho es observar a los dependientes de las tiendas. No porque me vayan a timar o algo así, me fijo más bien en cómo me atienden. Me gusta jugar a adivinar si la sonrisa que me ponen es de verdad o fingida. A los que no me sonríen lo castigo en silencio, no vuelvo a verles más. Un día fui a la frutería de siempre, me gustaba mucho porque todo lo que vende sabe a lo que se supone que tiene que saber, que parece una tontería pero es muy difícil encontrar algo así en el universo de las frutas y verduras. Bueno, pues yo cogí tan alegremente mis cuatro bolsitas y cuando voy a pagar va el señor y me lapida con esta frase: tenga el ticket, por si se lo pide su marido. Como yo rijo mi vida por la filosofía de la prudencia ajena, no me ardió el pelo en ese momento y tampoco le dije que no estábamos en los años cincuenta como para que yo tuviera que rendir cuentas al maridito de turno, cuando viene a casa cansado del trabajo y le llevo la cerveza y las zapatillas al sofá, no, yo le di las gracias con una sonrisa fingida y me largué. Y ahora, es mi archienemigo y está sufriendo la cólera de mi venganza. Claro que él no lo sabe porque mis venganzas son tan patéticas como no volver a su establecimiento jamás, y he pasado de comer las mandarinas que me gustan a sustituirlas por otras que son pequeñas y agrias y además, imposibles de pelar. Pero para mí es una venganza al fin y al cabo, tampoco voy a salir a la calle con una catana cada vez que alguien me ofenda, ¿o sí?, no sé. Habría que pensarlo.

El caso es, que puede que yo sea demasiado observadora, puede que le dé mucha importancia a todo y a lo mejor tengo los ojos y los oídos abiertos en exceso. Pero si uno no va a pararse a contemplar la vida que le rodea, ¿acaso merece la pena vivirla?