Para soñadores de la realidad y vividores de lo imaginario.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Petardos

Un día vi un monólogo de Leo Harlem, en el que decía que los petardos son como los pedos, sólo le hacen gracia al que se los tira. Y a parte de reírme a carcajadas, me di cuenta de que tenía toda la razón.
Mi barrio por estas fechas, imagino que como todos, está lleno de petardos, de los que explotan y de los que van por la vida con pasos de elefante queriendo parecer hormiguitas invisibles. A menudo se juntan unos con otros y el resultado puede ser catastrófico, como hoy, que ha estallado un contenedor de basura y ha dejado la calle llena de raspas de pescado y cáscaras de langostinos, los clásicos navideños en cualquier buena mesa que se precie.
Supongo que son cosas de críos, o eso quiero pensar, porque examinándolo desde varias ópticas diferentes, no llego a comprender dónde está el interés de ningún padre en que su hijo se vuelva sordo cuando le da dinero para que se compre unos petarditos. Tampoco entiendo si es que hay alguna lección que aprender que a mi se me escapa del todo o es que somos así de imbéciles y punto.
Porque, ¿dónde está la gracia?, gastas dinero en un estallido ensordecedor y el regustillo a quemado que se te queda pegado a la ropa después, y como en el bingo, se acabó la diversión en tres segundos.
Sólo me queda pensar que es por la burla de los sustos, esos que se supone que se va a llevar la gente al escuchar el petardo de turno cuando no se lo esperan, y claro, como dijo Leo Harlem, sólo le hace gracia al que los tira.
Si es por eso, en mi caso está conseguido, porque tengo una perra de treinta kilos que lleva una semana sin querer salir de casa por las noches. Tengo que hacer todo tipo de malabares y virguerías para engañarla cuando me dispongo a sacarla a pasear, hoy incluso nos hemos llevado el felpudo hasta la puerta de la calle, porque se ha tumbado en medio del portal y he tenido que arrastrar a la perra, el felpudo y todas las pelusas y hojas que nos hemos encontrado por el camino, que no eran pocas, porque el señor de la limpieza debe estar de vacaciones por Navidad, también se lo merece, y cuando vuelva, como en el cuento del zapatero, se va a encontrar medio trabajo hecho, que mi felpudo ya ha barrido todo lo que había. Encima me he tenido que llevar el felpudo a la calle porque si me arriesgaba a volver para dejarlo en la puerta, la perra me iba a seguir sí o sí y esto se iba a convertir en un círculo vicioso.
Así que hoy, gracias a los petardos, he paseado un felpudo escandalosamente sucio y he arrastrado a una perra sentada como un clavo por la calle, eso sí, ya he aprovechado y lo he limpiado a golpes, el felpudo, no a la perra.
Amigos pertarderos, por favor, buscaros otro hobby, leer no está mal por ejemplo, y no molestaríais a nadie.