Para soñadores de la realidad y vividores de lo imaginario.

jueves, 25 de diciembre de 2014

R.I.P.

Estaba concentrada en el discurso que pensaba pronunciar esa tarde cuando Laura le llamó por teléfono.
- ¿Estás segura de que quieres hacer esto? - Desde que apareció la generación de los móviles casi todo el mundo se saltaba el saludo de rigor,le crispaba bastante, pero no dijo nada.
- Si, estoy segura, me lo has preguntado mil veces.
- Es que no quiero que luego te sientas mal, me parece un poco siniestro, podíamos pensar en hacerlo de otra manera, no sé.
- Creía que tú, siendo católica, lo entenderías mejor que nadie, pero si esto te incomoda, no hace falta que vengas.- Sonó enfadada y se arrepintió casi antes de hablar, Laura solo se preocupaba por ella, como había hecho siempre.
- Voy a estar, sabes que yo te apoyo en todo, te quiero mucho, pero me preocupa que esto te afecte después y precisamente porque soy católica no me parece una buena idea la verdad.
No quería otro modo de hacerlo, era lo que necesitaba, algo tan simple como despedirse. La humanidad lleva miles de años despidiéndose de sus muertos, para ella era una forma de decirles: has estado aquí, lo hemos notado, adiós muy buenas. A veces había mucha gente llorando alrededor, porque el muerto de turno había conseguido hacerse querer con sus múltiples virtudes y puede que, en realidad, su ausencia fuera más notable todavía que su presencia, en otras ocasiones pocas almas velando y muchas lágrimas de cocodrilo, y estaba segura, aunque nunca lo había presenciado, que en multitud de entierros sólo estaba el cura de rigor con una o dos personas, en realidad estarían pensando que no tenían por qué estar allí, pero se sentían en la obligación de hacerlo.
- Pues entonces nos vemos a las cinco, ¿sabrás llegar? - cortó la discusión por lo sano.
- Sí, no te preocupes. ¿Quieres que lleve algo?
- ¿Como otro muerto por ejemplo? - se rió, pero al otro lado de la línea no se escucharon carcajadas acompañando a las suyas.
- Estás como una cabra, luego nos vemos, adiós.

A las cuatro ya lo tenía todo preparado. Se había puesto ropa de deporte vieja y unas zapatillas, cogió una pala, el saco con el cuerpo del delito, el cartón que había recortado a modo de lápida y el papel arrugado con el pequeño discurso que pensaba pronunciar. Lo metió todo en el coche y se dirigió al cementerio improvisado. Cuando llegó, Laura ya estaba allí.
- ¿Me vas a ayudar a cavar?- en seguida calló en la cuenta de que no, iba vestida de negro impecable como si esto fuera un entierro de verdad. Y lloraba.
- Claro que no, la verdad es que no se me había ocurrido que fueras a hacer una fosa y todo.
-¿Por qué estás llorando? No hemos matado a nadie. Al menos tú no.- De nuevo carcajadas solitarias.
- Lloro porque tengo la sensación de que te vas y, porque aunque no lo creas, creo que estamos ofendiendo a alguien.
- ¿A quién? - Callada por respuesta, tampoco hacía falta que lo dijera.

Cavó un hoyo poco profundo, metió dentro el saco, contenía recuerdos de toda su vida que se habían convertido en físicos a modo de cartas de gente que ya no existía para ella, fotografías con fantasmas del pasado y pequeños regalos que no encajaban en  las estanterías de su nueva vida. Después volvió a tapar el hoyo y clavó como pudo la lápida de cartón. La leyenda rezaba: me voy y no quiero volver, por favor, no me llaméis. 

- Muy apropiado, ¿Nos vamos ya?- Laura estaba impaciente, - Entiendo que has cambiado y que a partir de ahora eres otra persona, pero de verdad, todo esto me parece innecesario. Sabemos todo lo que has sufrido y por fin has conseguido superarlo, ¿no es suficiente ya con eso?
- No. Porque tengo que enterrar a mi antiguo yo. Me ha acompañado durante todos estos años y ahora, de repente, ha dejado de existir, creo que lo justo es que le diga adiós como se merece. Además, tengo que leer el discurso de despedida.
-¿Has hecho un discurso de despedida?
- Por supuesto, y no vas a irte de aquí sin escucharlo porque entonces el esfuerzo habrá sido en vano.
Laura la miró con su cara de "no puedo creer que estemos haciendo esto", se la había visto muchas veces y le divertía cada vez que la ponía. Empezó a leer.

Hoy nos hemos reunido aquí para decir adiós a una mujer cualquiera, que galopó a lomos del caballo equivocado durante muchos años, corría desbocado y ella no supo cómo hacer para pararlo. Un día por fin se calló, pero no hubo modo de levantarse. Su cara sin rostro se perdió entre los semblantes inertes que pasaban a su alrededor, galopaban seguros hacia el rumbo de sus propias vidas. Nadie pudo agachar la cabeza para mirarla, porque todos estaban demasiado ocupados en alcanzar su propio porvenir. Así que se quedó muy quieta, acurrucada en el barro sin saber que hacer, más que esperar el momento de ver una mano tendida. Durante un tiempo mantuvo aquella esperanza, pero ese amparo nunca llegó. Aguantó muchos pisotones de herradura, y aunque intentó ser fuerte, sólo conseguía tapar las heridas sangrantes con tiritas. Veía el manto negro de la muerte por el rabillo del ojo y no sabía si girar la cabeza, por un lado se resistía a rendirse, pero por otro, era la llamada al descanso que tanto deseaba. Al final le miró, él le tendió esa mano que había estado esperando y simplemente se dejó guiar. 

Laura lloraba todavía más, ella no, ya estaba todo enterrado y se sentía liberada.
-Venga, que te invito a cenar.
-Más te vale.