Para soñadores de la realidad y vividores de lo imaginario.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Torturar y premiar

Restos de lágrimas en las mejillas mientras, con cara confusa, daba lametazos a su piruleta roja. Aquél señor de bata blanca siempre procedía con el mismo ritual. Primero le torturaba con utensilios de acero durante horas, mientras le decía que estuviera callado y quieto, que debía ser un niño mayor, y después le premiaba con un caramelo del sabor que más le gustara. Él cogía el dulce con mucha reticencia, nunca estaba seguro de si se lo ofrecían en serio o era una trampa para atraparle de repente por la muñeca y no volver a soltarlo jamás. A veces soñaba que el señor de bata blanca venía por la noche a llevárselo, le encerraba en una habitación y le daba caramelos con una mano mientras que, con la otra, le magullaba y le hacía cortes con su instrumental maquiavélico. “Es su trabajo” le había dicho su madre una vez, sentencia que, lejos de disipar dudas, le había ahogado  en un mar de desconcierto. Si  había entendido bien, el señor de bata blanca recibía dinero por torturar y premiar.  Llegó a la conclusión de que tenía el mejor trabajo del mundo. Apurando los últimos restos de fresa adheridos al palo, decidió lo que quería ser de mayor.