Para soñadores de la realidad y vividores de lo imaginario.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Vejestorio feliz

Por oscuros motivos que no vienen al caso, estos últimos meses he tenido que pasar varias veces por la estación de metro de Avenida de América. Para aquel que no la conozca, puedo decir que es el lugar perfecto para perderse entre el gentío, los andenes y la multitud de escaleras mecánicas que suben y bajan sin descanso. Todo el que pasa por allí suele ir con prisas, corren hacia un autobús que coger o una jornada laboral que está por empezar. Si acaso, se distraen un momento con el aroma inconfundible de los bollos recién hechos, escapa de la pastelería para recorrer los pasillos del metro. Desde mi humilde opinión, esta es la mejor estrategia de marketing que existe. Puede que uno no quiera un bollo, o que ya haya desayunado en casa, pero su incontrolable olfato hará que lo desee, lo compre y lo disfrute como un niño con zapatos nuevos.
Yo no suelo ir con prisas cuando paso por esta estación, intento, al contrario que los demás, disfrutar del trayecto, porque el objetivo que me espera no suele ser de mi agrado, así que engaño a mi mente haciéndole creer que si alargamos el viaje un poquito más, puede que algún día no lleguemos a Mordor. Claro está, siempre llego, Avenida de América no es tan grande como para tragarse a la gente por siempre jamás.
Caminando por estos túneles he conocido a un señor. Nunca he hablado con él y no sabe nada de mí, pero yo le observo atentamente cuando paso por su lado. Procuro no escucharle, porque rasga un viejo violín cuyo sonido me pone los pelos de punta, quizá alguna día llegue a apreciar este instrumento, pero normalmente escucharlo me produce una desagradable sensación de grima.  No sé si físicamente es posible hacer esto, pero cierro los oídos y me concentro en la vista, como cuando uno va conduciendo y baja el volumen de la radio porque no encuentra la calle a la quiere llegar. Aminoro el paso según me voy acercando a él, para poder contemplarle unos segundos más. Nunca le he echado una moneda, en mi fuero interno le castigo por haber escogido el instrumento equivocado. No me da miedo que me descubra mirándole, entiendo que los músicos callejeros buscan sobre todo captar la atención de los viandantes, pero es que además, tengo la sensación de que él no repara en nadie.
Creo que no ve el túnel en el que está y eso es lo que me fascina. A simple vista es un viejo famélico y demacrado, tiene las cejas grisáceas muy pobladas y las bolsas de los ojos tan hinchadas que nadie podría adivinar de qué color son. Miles de arrugas recorren su cara, como pequeños surcos para cultivar patatas en miniatura. Su tez es muy pálida, color enfermo de hospital, y  de sus manos cuelgan pellejos que a duras penas pueden aferrarse a los huesos de los dedos.  Lleva ropa de tiempos mejores, cuando los zapatos lucían sin agujeros y no necesitaba una cuerda enrollada en la cintura para sujetarse los pantalones. Esto es lo que se ve al pasar junto a él, un sin techo que en algún momento no lo fue.
Sin embargo, si uno se fija en la expresión de su cara cuando saborea cada nota que dispara, se da cuenta de que no está en el metro. Posiblemente está en un auditorio repleto de gente, muchos de ellos con los ojos cerrados para captar mejor la música que ofrece. Tiene un asiento forrado de terciopelo rojo y negro tras de sí, en vez de un taburete viejo y cojo. Delante de él no hay un estuche abierto con unas cuantas monedas dispersas, sino un atril con las notas que apenas tendrá que mirar, porque la melodía fluye de él y no recuerda haber tenido que aprenderla antes. No escucha a la gente hablando por el móvil a su alrededor, ni los trenes que vienen y van, él oye aplausos y alabanzas. Todos los días da el concierto de su vida.
 Su expresión se me quedó grabada la primera vez que le vi. La segunda, me fijé para ver si era la misma que la anterior, la tercera me di cuenta de que no podía fingir constantemente, o al menos lo veo muy complicado. Esa forma de entornar los ojos con las cejas algo arqueadas, la media sonrisa y los orificios de la nariz abiertos, como si respirase música y aire a un tiempo, para dejarla salir después a través de su violín. Creo que es la persona con más dignidad que no llegaré a conocer.
Se ha convertido en mi objetivo cuando voy a Avenida de América, a veces me quedo detrás de una esquina, mirándole desde una distancia prudencial,  su cara es adictiva para mí. Imagino su vida, lo he hecho tantas veces que cualquier día me lanzo a escribir sus memorias. No es que no haya visto antes a pobres viejos decrépitos deambulando por las calles de Madrid, desgraciadamente, es una escena constante que forma parte de la estampa de la ciudad, pero nunca había visto a ninguno como él. Me pregunto si eligió la libertad del pobre. ¿Acaso se vio demasiado abrumado por las
convenciones sociales? Siempre que le miro veo felicidad, una persona disfrutando de la vida sin saber si va a tener algo que llevarse a la boca a la hora de comer.
Le admiro y le odio a partes iguales. A veces desearía robarle esa expresión y quedármela para mí, vestirme con ella a diario y sentir lo que siente él. Yo no encuentro mi dignidad por ninguna parte y no recuerdo cuándo la perdí, y ahí está él, gozando de la nada, demostrándole al mundo que lo más importante que tiene no puede arrebatárselo nadie. Alguien a quien hacer millones de preguntas. Un sabio que se difumina y se vuelve borroso entre la multitud, igual que su melodía cuando se confunde con el trasiego de los trenes y las escaleras mecánicas. Un extraño del que aprender, que ignora la lección que reparte cada día.
Pensándolo bien y a pesar de todo, puede que la próxima vez que le vea le regale un par de monedas.