Para soñadores de la realidad y vividores de lo imaginario.

domingo, 18 de enero de 2015

Por encima del hombro, Capítulo 1


Esta es la única historia que no sé cómo empezar a contar.  Perfilar personajes, encuadrarlos en el espacio y hacer que cobren vida siempre ha sido lo mío. Sólo hay que ponerlos en movimiento con una acción, una chispa que se prende de repente en el cerebro y “pum”, dispara. Es como ponerle  pilas a una vieja radio, después sólo hay que buscar la emisora más conveniente. Pero todo cambia cuando se trata de uno mismo.

No puedo decir que ser quien soy no haya marcado mi vida profesional. Puede que, de no haber sido por Él, ahora estuviera intentando ayudar a una viuda octogenaria a meter un pie hinchado y deforme en un zapato de puntera abierta que no entrara ni con vaselina. Tal vez estaría viendo pasar la vida de otros, detrás de una barra, en cualquier taberna olvidada por el propio tiempo, escuchando a mis parroquianos relatarme sus preocupaciones diarias. La realidad es que me dedico a aterrorizar a los demás. A diario pasan por mi cabeza monstruos, fantasmas, asesinos, engendros, depredadores y todo tipo de seres que a nadie le gustaría cruzarse en una calle oscura en mitad de la noche. Aparecen como un puzle de mil piezas y yo intento encajarlas todas a través de las palabras. Dicen que no se me da mal, estoy convencida de que ninguna de mis historias le haría pasar tanto miedo a nadie como a mí mi propia vida.

Siempre he tenido miedo. Por más que los psiquiatras y los psicólogos más ilustrados puedan intentar convencernos de que el miedo es pasajero, que si uno se enfrenta a él desparece y todas esas chorradas que he podido leer en miles de artículos de psicología barata, el miedo nunca se va. Se instala cómodamente en ti, como un amigo que viene a quedarse un par de días y cuando te das cuenta han pasado tres meses y se ha adueñado de tu televisor y tu sofá. Cuando algún lector me manda un mensaje al blog de la revista, diciéndome que no ha podido dormir esa noche por culpa de uno de mis relatos, me sonrío. ¿Para qué los leen sino? Es curioso cómo hay gente que, si no desarrolla suficiente miedo de forma innata, busca la dosis diaria recomendada por su cuenta. Resulta truculento ver cómo sufren los demás. El lector desarrolla una extraña mezcla entre empatía, interés y terror cuando el personaje está atrapado en su propia angustia. Todos intuyen lo que le va a ocurrir pero todos llegan siempre hasta el final. 

Claro que hay grados de miedo, en una escala del uno al diez, yo casi siempre he estado en el veinticinco. No es que sea una persona asustadiza por naturaleza. Con los bichos tengo una relación de respeto mutuo. Tampoco le tengo miedo a volar o a una posible invasión alienígena, que venga a exterminar  la vida en nuestro planeta para convertirlo en una especie de plantación gigante de marihuana sideral. No es nada de eso. Yo, gracias a Él, le tengo miedo a los demás. No me gusta que me hablen, mucho menos que nadie se atreva a tocarme.
Cuando era pequeña sólo podía estar con Bu, el perro familiar. Era una mezcla de chuchos ya mezclados con un ojo de cada color y tenía el pelo canela duro y tieso, como pequeñas agujas de coser. Supongo que le pusieron Bu por el sonido que hacemos cuando le vamos a dar un susto a alguien, el pobre animal era muy difícil de mirar. Para mí, fue quien me salvó del infierno de la infancia. Mi madre no aceptaba que yo fuera tan huraña y cada vez que la miraba sus ojos me devolvían llamaradas de rencor. Claro que todo cambió cuando tenía siete años y Samuel desapareció, entonces directamente dejé de existir para ella.
Ya lo tengo todo atado. Les he dicho a los de la revista que cogía dos semanas de vacaciones, como he adelantado las publicaciones, nadie me ha puesto ninguna pega. He dejado una pequeña carta en la mesilla a modo de testamento. He descontentado los teléfonos y la línea de internet y he llevado a Gus al caserón de mis padres, lo he dejado fuera, acomodado en la antigua caseta de Bu con comida y agua, espero que para cuando mi padre se dé cuenta de que está allí, ya sea demasiado tarde. Viejo perro fiel, le echo mucho de menos, sobre todo ahora, sentada frente a la pantalla, viendo el hueco que ocupaba a mis pies lleno de juguetes inertes.  No me parecía bien que estuviera aquí cuando llegara el momento. Hoy me ha mirado de forma diferente, seguro que son imaginaciones mías, pero me ha dado la sensación de que sabía que no iba a volver.

Tengo la nevera llena, no sé cuándo va a pasar exactamente y no quiero que una estúpida necesidad, como tener que bajar a comprar leche, interrumpa la tarea que me propongo empezar. Espero poder terminarla a tiempo. A pesar de todo, la muerte sigue siendo un misterio para mí.