Para soñadores de la realidad y vividores de lo imaginario.

martes, 20 de enero de 2015

Por encima del hombro, Capítulo 3

Diez años después de la desaparición de Samuel, mi madre seguía obsesionada por encontrarle, no la culpo, necesitaba respuestas. Mi padre continuaba con su trabajo de gran jefe de la tribu de los trajeados, trece o catorce horas diarias, hacía lo imposible por pasar todo el tiempo que podía fuera de casa. Ya no eran un matrimonio. Sólo dos personas que se encontraban de vez en cuando en alguna habitación, como huéspedes permanentes del mismo hotel de lujo.

Yo era la única que había superado la pérdida y creo que eso les irritaba todavía más. A penas me dirigían la palabra. Me parecía justo, tenía información clasificada de la que ellos no podían disponer.

Aquella mañana estaba sentada en el porche, escribiendo un relato corto sobre un psicópata que mataba a cinco hombres todos los años en el mes de enero, debían ser de su misma edad, era una especie de sacrificio ritual, tenía la obsesión enfermiza de que si no lo hacía, la muerte vendría a por él. Cuando empecé a trabajar para la revista años más tarde, revisé aquel relato, hice las correcciones oportunas y la publicación fue todo un éxito. Alcé la mirada del cuaderno un momento y vi aparecer un coche por el camino de la entrada. Cuando se detuvo, una mujer de unos cuarenta años y pelo anaranjado me saludó de lejos con la mano y empezó a caminar hacia donde estaba.

- Hola, estoy buscando a Marina, me llamo Adela, he quedado con ella hoy - otra vidente, no había que serlo para adivinarlo. Mi madre sólo contactaba con videntes desde que dejara de confiar en la labor policial. No recuerdo exactamente cuántos sacacuartos como ella habían pasado por casa durante ese tiempo, pero se había gastado lo suficiente en ellos como para alimentar a una población de mil habitantes durante cinco años por lo menos. No me parecía que fueran nada baratos para los resultados que daban.

- Está dentro, iré a llamarla.

- ¿Tú eres la hermana de Samuel verdad?- vaya, qué talento, estaba impresionada.

- Sí, ¿quién iba a ser sino? - me irritaba aquella gente, se aprovechaban de las desgracias ajenas sin ningún miramiento.

- Ya, veo que no te hace mucha gracia mi visita. ¿Es que sabes quién soy o a qué me dedico?, supongo que no soy la primera a la que acude tu madre para pedir ayuda.

- No creo que vosotros ayudéis en nada, pero ella sí. Deposita su fe en gente como tú. Y por más que la engañen, sigue creyendo que dará con alguien que encuentre a su hijo, no sólo eso, piensa que lo encontrarán sano y salvo. Y vosotros no hacéis más que alimentar esa esperanza.

- La verdad es que yo creo que está muerto. Murió el mismo día que desapareció, lo sé. Igual que lo sabes tú y he venido para hacérselo saber. Tiene que dejar de buscar. Sé quién eres Paula y también sé que guardas un gran secreto.

Me quedé muda por un momento, no sabía qué pensar, intenté disimular mi cara de asombro pero creo que no lo conseguí.

- No tengo ningún secreto, no sé de qué me hablas. Y respecto a mi madre, si has venido a decirle eso, ya te advierto que no vas a sacarle nada de dinero con esta historia. Ella no quiere escuchar malas noticias. Así que deberías irte por donde has venido.

- No cobro por lo que hago, me puse en contacto con tu madre porque pensé que era mi deber moral, hay cosas que sé, aunque no quiera, igual que tú.

-Y dale con el tema - alcé la voz, me estaba poniendo nerviosa - ya te he dicho que no sé nada, ¿por qué no me dejas en paz? 

En ese momento mi madre apareció por la puerta principal y la conversación se cortó de golpe.

- Buenos días, ¿eres Adela?

- La misma, encantada de conocerte - se dieron los dos besos de rigor.

- Estaba deseando que llegaras, entra, te preparé un café.

- Muy bien, Paula, ¿tú no vienes? A lo mejor a ti también te apetece una taza - ya estaba con un pie dentro de casa cuando me preguntó. Pero no hizo falta contestar, mi madre lo hizo por mí.

- No, a Paula no le interesan estos temas. - Lo dijo en ese tono acusador que ahora usaba siempre que la conversación iba sobre mí.

Aun así entré detrás de ellas, no sabía cómo, pero tenía que convencer a mi madre para que no hablase con esa mujer. La dejó acomodada en uno de los salones principales mientras iba a la cocina a preparar el café, así que la seguí.

- Mamá, no creo que sea buena idea que ella esté aquí. Ya sabes lo que opina papá de esta gente. Además, no va a decir nada que no te hayan dicho otros ya.

- Eso no lo sabes. No voy a rendirme Paula, sé que está en alguna parte y pienso recuperarlo como sea. - cogía los trastos para el café con furia y los golpeaba contra la encimera.

- Pero ya han pasado diez años y…

- Cállate. - se dio la vuelta y su cara quedó a un palmo de la mía - Os vi aquella noche. Vi cómo le abrazabas y tú nunca tocas a nadie. Desde que eras un bebé no soportabas ni que te cogiéramos en brazos y sin embargo, justo la noche antes de que tu hermano desaparezca, le das un abrazo. ¿Crees que no sé que me ocultas algo? Pero a pesar de todo lo que nos has visto sufrir, llevas diez años callada. ¿Qué le hiciste?

- Yo no le hice nada mamá, ¡tenía siete años! ¿cómo puedes pensar eso?

- Ojalá hubieras desaparecido tú.

No lo dijo por la rabia del momento, me miró a los ojos y pronunció aquellas palabras con una serenidad que me dejó pasmada. Lo deseaba de verdad. En ese instante lo sentí como una mordida directa a la yugular, ahora, con el paso de los años, creo que lo entiendo. Tampoco es que yo fuera la hija perfecta, pero Samuel podría haber llegado a serlo.

- Ahora déjame terminar de preparar esto, Adela lleva un buen rato esperando.

Me di la vuelta y me alejé despacio, llorando en silencio como había hecho siempre. Ojalá Bu todavía hubiera estado allí. Murió cinco años después de la desaparición de Samuel y no me dejaron adoptar otro perro nunca más, mi madre me castigaba con este tipo de cosas.

Cuando me dirigía hacia mi habitación, Adela estaba en el pasillo, me miraba con cara de pena, supuse que lo había escuchado todo.

- Por favor, no se lo digas. No quiere saberlo, ya lo has oído. - hablé en voz muy baja para que mi madre no nos oyera. En ese momento, Adela me cogió suavemente por el brazo para indicarme que la siguiera hasta el salón, quería más intimidad. Me solté de golpe.

- No me toques.

- Así que es eso. Puedes verle a Él. Conozco gente como tú. ¿Dime, cuándo me pasará a mí?, ¿dónde le has visto?

- Si se lo dices, te echará a patadas de aquí y seguirá buscando a alguien que le diga lo que quiere oír - cambié de tema, no quería volver a la misma discusión.

En ese momento sonó el teléfono de casa, escuché a mi madre correr mientras gritaba “ya voy”. No entendía esa manía suya cuando la persona que estaba al otro lado de la línea no podía escucharla, pero siempre lo hacía. Después de unos segundos vino corriendo hacia donde estábamos nosotras, tenía la respiración entrecortada y se apoyó en el quicio de la puerta del salón como para tomar aliento.

- ¿Mamá?, ¿estás bien?, ¿qué ha pasado?, ¿es papá?

Sollozaba y respiraba muy deprisa, hacía gestos con una mano que decía “espera, ahora no puedo hablar”, la otra continuaba apoyada en la puerta, como si se fuese a caer por soltarse. Esperamos unos minutos a que recobrara el aliento, cuando estuvo más calmada, me miró con los ojos llorosos.

- Le han encontrado Paula, ¡está bien!

-¿A quién? - en ese momento ni se me pasó por la cabeza que estuviera hablando de mi hermano, yo sabía que llevaba diez años muerto.

- A Samuel, ¿a quién si no? Me acaba de llamar una chica de una cafetería, dice que hay un chico allí que le ha pedido que nos llamara, ha tenido que buscar nuestro teléfono en la guía porque él no lo recordaba, dice que al principio le ha parecido un poco raro, pero ante la insistencia del chico al final ha accedido. Tenemos que ir corriendo para allá. Voy a llamar a tu padre.

Salió disparada de nuevo hacia el teléfono. Yo estaba en shock, me quedé pensativa durante un rato, se me olvidó por completo que Adela también estaba allí.

- ¿No piensas decirle que no es él? - me sobresalté al escucharla a mi lado de repente.

- ¿Cómo voy a decirle eso?, no puedo saberlo.

- Sí que lo sabes. Mira Paula, ahora me voy a ir, pero te dejo aquí mi tarjeta por si en algún momento necesitas hablar de todo lo que está pasando. - La depositó encima de la chimenea del salón. - No tienes por qué pasar por todo esto sola, piénsatelo.


Cuando mi madre volvió Adela ya se había marchado, estaba tan excitada que ni siquiera reparó en ello. Al parecer había quedado con mi padre en que nos encontraríamos en la cafetería directamente. De camino hacia allí sentí muchas cosas, sobre todo incomprensión, yo también quería creer que íbamos a ver a Samuel, mucho más alto y quizá con algo de barba, pero sabía que no podía ser. ¿Entonces qué estaba pasando? Cuando llegamos, vimos a mi padre apoyado en la puerta de su coche, aparcado delante de la cafetería, por algún motivo no se había decidido a entrar solo, quizá él tampoco terminaba de creerse todo aquello.