Para soñadores de la realidad y vividores de lo imaginario.

miércoles, 21 de enero de 2015

Por encima del hombro, Capítulo 4

Al entrar en la cafetería descubrimos que estaba repleta de gente, era hora de comidas y el olor a fritura se mezclaba con el parloteo incesante de los comensales. Empezaron a darme arcadas, no sé si por los nervios, el aroma a grasa quemada o por tener que enfrentarme a un lugar repleto de personas que podían tocarme en cualquier momento, aunque fuera sin darse cuenta. Creo que era una mezcla de todo un poco. No solía salir mucho de casa, ni en aquella época ni nunca.

Mi madre se dirigió a la primera camarera que vio.

- Disculpa, soy Marina Salas, estoy buscando a una joven que me ha llamado por teléfono hace un rato.- Mientras hablaba, recorría con la vista todo el local, escudriñando a cada individuo que veía comiendo a solas - no sé cómo se llama la persona que me ha llamado, no me ha dicho su nombre.

- Sí, sí, ¿la madre del chico no?, he sido yo, está allí mismo - llevaba una bandeja llena de platos mugrientos en las manos, así que señaló con la cabeza hacia el fondo de la barra - menos mal que han venido, creo que no está bien. Si le soy sincera iba a llamar a la policía antes que a ustedes, pero ha insistido tanto que al final me ha dado algo de lástima.

Mi madre corrió hacia allí apartando a todo el que se encontraba en su camino a manotazos, nosotros la seguimos con la mirada, mi padre se dio la vuelta y le dio las gracias a la camarera por su información, le dejó algo de dinero encima de la bandeja pegajosa. Después nos dirigimos también al final de la barra, vimos a mi madre delante de un chico moreno, que podía tener entre veinte o veinticinco años. Estaba apoyado encima de la barra con la cabeza entre las manos, como si intentara pensar. Llevaba unos vaqueros desgastados, un jersey azul y unas deportivas agujereadas por todas partes. Tampoco olía demasiado bien.

- ¿Samuel? - mi madre le habló en voz baja, parecía no querer asustarle, pero él no contestó ni se dio la vuelta - ¿Samuel eres tú?

Entonces levantó la cabeza despacio y la giró hacia nosotros. Parecía estar confuso y sus ojos saltaban de mi madre a mí, de mí a mí padre y de nuevo a mi madre. Pero seguía sin abrir la boca. Sí, tenía el pelo moreno y los ojos marrones, pero por lo demás, no se parecía en nada a mi hermano. Sentí un gran alivio en ese momento, mis padres tenían que estar viendo lo mismo que yo, pensarían que todo había sido un gran mal entendido y nos iríamos a casa.

- ¿Mamá? No puedo creer que estéis aquí, os he echado muchísimo de menos - se puso a sollozar mientras abrazaba a mi madre.

Mi madre, lejos de apartarse, le devolvió el abrazo y empezó a besuquearle por toda la cara, los dos lloraban. Miré a mi padre, estaba ahí de pie con la misma cara inexpresiva de siempre, no pude adivinar lo que estaba pensando hasta que lo abrazó también. Yo estaba estupefacta, no podía creer lo que estaba pasando y no se me ocurría nada que decir.

- Paula, cómo has crecido, casi ni te reconozco - ya somos dos, pensé - ¿me das un abrazo?

- No.

- Lo entiendo, ha pasado mucho tiempo - si hubiera sido Samuel sabría de sobra por qué no iba a tocarle - supongo que ahora mismo soy un completo desconocido para ti.

Mis padres montaron a aquél chico en el coche con nosotros y nos lo llevamos a casa. En el camino casi no se habló, había miles de preguntas en el aire pero no parecía el momento de plantear ninguna. Por mi parte me había anotado las mías mentalmente: ¿quién es este chico?, que supiera de nuestra familia no me parecía raro, cuando Samuel desapareció mi madre salió en miles de entrevistas por televisión, organizó concentraciones de vecinos y puso carteles por todas partes, ¿a qué venía aparecer ahora?, si quería aprovecharse de la situación podría haberlo hecho antes, claro que entonces igual no le hubiera sido tan fácil engañar a mis padres con su físico. Me sentía rabiosa y frustrada, no sabía cómo afrontar la situación, no iba a dejar que ese farsante ocupara el lugar de mi hermano, ¿pero cómo iba a convencer a mis padres de que no era él si ya nos lo estábamos llevando a casa?

Cuando llegamos el supuesto Samuel subió directamente a darse una ducha, mi padre le dejaría algo de ropa porque no traía más que lo puesto. Yo me dirigí a mi habitación, necesitaba pensar, pero mi madre me paró por el camino.

- Paula, perdona por lo que te he dicho esta mañana. No sé por qué durante todo este tiempo creía que tu habías tenido algo ver con esto, supongo que necesitaba culpar a alguien, ahora me doy cuenta de lo injusta que he sido. - La primera vez en la vida que mi madre me pedía perdón y ni siquiera atinaba.

- Ya, no pasa nada. Mamá, no va a gustarte lo que voy a decir pero, ¿cómo puedes estar tan segura de que es él? Hace muchos años que no le vemos, no sabemos qué aspecto tendría ahora.

- Una madre reconoce a su hijo siempre, además, ¿quién iba a ser si no?

- No sé, es que me parece un poco extraño lo que está pasando. ¿Dónde puede haber estado durante todo este tiempo?

- Ya nos lo dirá cuando llegue el momento. Lo importante es que ha vuelto con nosotros y tenemos que hacer que se sienta querido de nuevo en la familia. Eso también te incluye a ti. - Volvió el tono de reproche, qué poco tiempo se había ausentado.

- Vale, me voy a mi habitación.

Me senté en el escritorio y empecé a dibujar garabatos en un cuaderno mientras pensaba qué iba a hacer, pocos minutos después entró mi padre y cerró la puerta despacio, como si se estuviera colando en un área restringida.

- No es él. - Me miró fijamente desde el otro lado de la habitación, con los brazos cruzados y el ceño fruncido - creo que tú también te has dado cuenta.

- No sé quién es, mamá cree que es él y pensaba que tú también después del numerito que habéis montado en la cafetería.

- Tu madre estaba muy emocionada, está convencida de que es Samuel, ya has visto cómo ha cambiado durante estos años por su ausencia. Cómo hemos cambiado todos. Me daba miedo llevarle la contraria en ese momento, pero no creo que sea él. ¿Tú crees que lo es?

- No, yo tampoco creo que lo sea - podía haberle dicho que estaba convencida, pero eso hubiera acarreado más preguntas de las que estaba dispuesta a contestar.

- Paula, ¿tú sabes algo?,- habló en tono suplicante, me recordó al día de la desaparición de Samuel cuando me zarandeó para intentar sonsacarme información -  tu madre y yo hemos discutido infinidad de veces sobre este tema, ella pensaba que sabías más de lo que decías y yo le replicaba que no, nunca te lo he preguntado porque sé que querías a Samuel y si hubieses sabido qué pasó, estoy seguro de que nos lo habrías dicho, pero ahora que ha aparecido este chico por arte de magia, necesito que me lo confirmes, ¿sabes lo que le pasó?

Le miré directamente a los ojos y le dije que no, quería parecer lo más convincente posible, a lo largo de los años había aprendido a mentir cada vez mejor.

- De acuerdo - relajó los brazos y los dejó caer, después se pasó una mano por el pelo y empezó a caminar en círculos por la habitación, no le había vuelto a ver así desde el día que Samuel desapareció. Era de ese tipo de hombres muy sereno que siempre parecía tenerlo todo controlado, arreglaba cosas y por eso ganaba tanto dinero. Pero ahora, tenía una bomba a punto de explotar entre las manos y no sabía cómo desactivarla.

- A ver qué te parece esto. Le voy a decir tu madre que mañana tenemos que ir a la policía, habrá que informar de que ha aparecido Samuel y tendrán que hacerle la documentación nueva. Entiendo que entonces compararán sus huellas en la base de datos con el DNI anterior.

- Papá, cuando Samuel desapareció, ¿tenía DNI?, yo creo que no. A mí por lo menos no me lo hicisteis hasta los doce años cuando os empeñasteis en enviarme a ese “retiro espiritual” para ver si me volvían una persona decente y normal. Y Samuel sólo tenía diez años cuando desapareció.

- Por favor Paula, no quiero volver a discutir ahora sobre eso, no sé si lo has notado pero estoy muy nervioso con este tema.

- Ya.

- Es verdad, no tenía documentación, ¡mierda! - dio un golpe en mi mesita de noche, la bomba iba a estallar en cualquier momento - entonces sólo se me ocurre ofrecerle dinero para que se vaya por donde ha venido y ya nos inventaremos algo que contarle a tu madre.

En mi familia el dinero lo solucionaba todo, como si los billetes fueran mágicos, pero yo pensaba que si ese chico hubiese querido nuestro dinero, nos habría llamado diciendo que tenía información sobre Samuel o algo así, no se habría hecho pasar por él directamente. Tenía la impresión de que no quería dinero, quería una vida nueva con una familia rica y por el momento lo estaba consiguiendo.

- No sé qué decirte papá, la verdad. 

- Tengo que pensar en todo esto con más calma, de momento no le digas nada a tu madre y por supuesto al chico tampoco, ¿de acuerdo?

- Vale. 

Después de una cena de lo más surrealista, en la que la única que habló fue mi madre contándole al nuevo Samuel cotilleos sobre los vecinos, cómo le había ido a sus amigos de la infancia y cosas así, nos sentamos todos en el sofá. Mi padre le preguntó a Samuel si quería hablar de lo que le había pasado, lo hizo con una mirada compasiva que yo no había visto nunca, pero aún así mi madre se lanzó.

- No tienes por qué contarnos nada ahora si estás muy cansado o demasiado estresado - mi madre miró a mi padre con cara de reproche, no quería agobiar al nuevo Samuel. Parecía no importarle lo que hubiera ocurrido en esa pausa de diez años, sólo le importaba meterle de nuevo bajo su ala y no volver a soltarlo jamás.

- La verdad es que ahora mismo no me siento con fuerzas, he pasado por experiencias muy duras y me cuesta mucho hablar de ello. - qué listo era.

- En ese caso, quizá lo mejor sea que te llevemos a ver a alguien. Un psicólogo, tengo un amigo muy bueno. Puedo llamarle mañana por la mañana para que nos dé cita…

- No, ya ha dicho que no quiere hablar del tema de momento. Cuando esté preparado lo hará, ¿verdad hijo?, no te preocupes, no tienes que hacer o decir nada que no quieras. Vamos a tomarnos las cosas con calma. Lo primero que haremos será regular tu situación e ir a comprar ropa y demás cosas que necesites. Y ya veremos cómo se desarrolla todo según vayan pasando los días.

- Gracias mamá, creo que me voy a ir dormir.

- Muy bien, tu habitación está tal y como la dejaste, seguro que te vendrán muchos recuerdos a la cabeza - sí, recuerdos nuevos que van a servirle para convencernos de que es él, fotos, juguetes, libros, hasta un diario, mi madre se lo estaba poniendo en bandeja - que descanses.


Yo también me fui a la cama, no quería estar delante cuando mis padres empezaran a discutir, pero antes, cogí la tarjeta que Adela había dejado encima de la chimenea, puede que sí necesitara hablar con ella después de todo.