Para soñadores de la realidad y vividores de lo imaginario.

sábado, 24 de enero de 2015

Por encima del hombro, Capítulo 6

- ¿A qué te refieres? Soy yo, tu hermano, ¿es que no me reconoces? Entiendo que ha pasado mucho tiempo, tú también estás muy cambiada, pero en cuanto te vi el otro día supe que eras mi Paula de siempre. - lo dijo con bastante convicción, quizá en otra época hubiese sido actor de teatro, incluso parecía que iba a echarse a llorar en cualquier momento - la verdad es que me pone muy triste que me trates así. A penas me has dirigido la palabra desde que volví y, que yo recuerde, tú y yo solíamos llevarnos muy bien.

- ¿A sí? ¿Y qué más recuerdas?

- Pocas cosas, tengo muchas lagunas. Estoy bastante traumatizado con todo lo que he tenido que pasar durante este tiempo, tú no lo entiendes, fue una pesadilla.

- Puede que si me lo cuentas, llegara a entenderte un poquito mejor. Pero creo que no has querido hablarlo con nadie porque en realidad temes que toda esta farsa termine, no sé quién serás, desde luego Samuel no, y voy a demostrarlo.

- No puedes demostrar nada Paula, porque soy yo, sólo espero que te des cuenta pronto y podamos retomar nuestra relación - era duro de roer, no parecía estar nervioso, seguía en su papel de chico incomprendido - te he echado mucho de menos. Yo te quiero.

En ese momento escuchamos a mi madre gritando desde el piso de abajo, llamaba a Samuel.

- Creo que es la hora de cenar, ¿bajamos?

- Baja tú, yo hace días que perdí el apetito.

- Me duele mucho que me hables así, pero no puedo obligarte a aceptarme, supongo que con el tiempo todo se irá arreglando.

- Puedes estar seguro de ello.

Nadie iba a echarme de menos en la cena, así que me fui a mi habitación y cogí mi cuaderno de notas. Era donde apuntaba ideas para cuentos, personajes, situaciones, nombres, hasta algunas recetas de cocina. También había dibujos, a veces la inspiración me venía en forma de imagen, si no se me ocurría cómo describir lo que mi mente estaba viendo, lo dibujaba con la esperanza de que las palabras idóneas aparecieran más tarde. Busqué una página en blanco y anoté: Nuevo Samuel, características principales. Empecé a escribir todo lo que había observado en él hasta la fecha: “no lleva tatuajes visibles, apareció con ropa mugrienta como si hubiese estado viviendo en la calle, pero tenía el pelo corto y solo un poco de barba, como de dos días. Su dentadura no es perfecta pero no le falta ningún diente y tampoco los tenía sucios como cabría esperar. Por otro lado, no habla como una persona sin estudios, en estas dos semanas no le he escuchado decir ninguna palabra mal sonante, al contrario, se diría que tiene una educación bastante buena y modales impecables. No habla con la boca llena, ni se abalanza sobre la comida, se limpia los labios suavemente con la servilleta y cuando termina de comer, coloca los cubiertos sobre el plato sucio en forma de cruz. Todo esto lo hacíamos los dos desde pequeños, era de primer curso de Marina’s School, (no eructamos, no nos tiramos pedos, no nos hurgamos la nariz para ver qué hay dentro por mucha curiosidad que uno tenga y siempre decimos gracias y por favor), pero cabe esperar que si un niño cambia radicalmente de situación familiar a los diez años, olvide todo eso y adopte las manías del nuevo ambiente en el que se esté criando. Si ha estado con una familia que se parezca a la nuestra, no hay motivos para que no quiera hablar de ello o diga que está tan traumatizado, por sus palabras da a entender que ha sufrido mucho durante este tiempo. Por otro lado, sonríe constantemente y habla con mucha fluidez, no es retraído ni está asustado, al contrario, parece un chico sano y feliz.”

Dejé de escribir. Era imposible entender lo que estaba pasando, el nuevo Samuel era una contradicción en sí mismo y la forma de actuar de mis padres respecto a él, no podía describirse más que como absurda. Mi madre era un caso aparte porque creía en él como creía en Dios, pero, ¿y mi padre? Hacía como si no existiera. ¿Por qué dejaba que todo esto continuase?, si de verdad pensaba arreglar la situación, ¿por qué no lo había hecho ya? Era como si todos se hubiesen vuelto locos de repente, o peor, como si me hubiera vuelto loca yo. Aquella noche no pude conciliar el sueño.

La mañana siguiente recibí una llamada de Adela, al parecer su amigo mago estaba disponible para aquella misma tarde, la única condición que ponía para recibirnos era un buen fajo de billetes y algún objeto que hubiera pertenecido a Samuel. Por suerte para mí, el dinero no era un problema, tenía una asignación semanal que habría provocado muchas envidias entre los chicos de mi edad, pero yo apenas lo gastaba, no tenía amigos a los que invitar al cine.

Cuando llegamos a casa del mago, Adela se paró en la entrada y se dio la vuelta para mirarme de frente.

- Te aviso de que es un poco extravagante, tanto él como su casa, es su negocio y bueno, podríamos decir que lo tiene ambientado para causar sensación. Te lo digo porque a lo mejor te da la impresión de que todo lo que ves es muy falso, pero yo creo en él de verdad.

Aquel comentario me mosqueó, se me pasó por la cabeza que aquellos dos podían haberse puesto de acuerdo para timarme. No es que supiera mucho de ella y con lo que pasó el día que nos visitó en casa mi madre no llegó a darle nada de dinero, ella decía que no cobraba, pero tampoco tuvo la oportunidad. Ahora dudaba de si todo esto era una gran mentira y yo había mordido el anzuelo sin vacilar.

- ¿Sabes?, que me digas eso no ayuda mucho. Estoy empezando a tener mis dudas respecto a esto, igual deberíamos irnos.

- No, de verdad que es real. Confía en mí.

- ¿Por qué? No te conozco y a él tampoco, y no sé si te habrás dado cuenta pero no suelo confiar en mucha gente.

- Tienes razón, pero ya que estamos aquí, no perdemos nada por intentarlo.

- Bueno, no pierdes nada tú, yo llevo la paga de dos meses en el bolso. Y como vea que me habéis engañado entre los dos también voy a perder un poquito de orgullo, que no me sobra.

- Vale, lo entiendo. Quería advertirte para que no pensaras esto precisamente y al final he conseguido el efecto contrario.

No pudimos seguir discutiendo porque en ese momento se abrió la puerta de la entrada. Era un hombre alto, de unos cincuenta años, con barba y poco pelo en la cabeza. Llevaba una camisa de cuadros de leñador, unos vaqueros azules y unas zapatillas de andar por casa también de cuadros. No era lo que me esperaba.

- Hola Adela - se abrazaron- he escuchado a alguien por detrás de la puerta y he abierto para ver si erais vosotras.

- Hola Paula, ¿cómo estás?, me llamo David - no intentó darme dos besos ni me extendió la mano, supuse que Adela le había puesto en antecedentes - ¿queréis pasar?

Al parecer ya no quedaba más remedio. David el leñador con zapatillas a juego no me pareció para nada un mago. Más bien parecía el típico padre de familia disfrutando de una tarde libre. Al entrar en su casa todo era normal, muebles de Ikea, unos cuantos cuadros colgados en las paredes, fotos de familiares y amigos. Nos sentamos en una salita que tenía una mesa redonda, como las que se encuentran en todas las casas de abuela del país, él se sentó en un sofá orejero y nosotras en un par de sillas.

- Perdona David, no quiero ser indiscreta, Adela me había dicho que tenías aquí tu negocio y que a lo mejor me parecías algo extravagante. Pero no es la sensación que tengo, no te ofendas, pero hasta tu nombre me parece de lo más normal. No tienes pinta de mago.

Se rio a carcajadas, otro que veía chistes donde no los había, esperé a que se le pasara, incluso soltó algunas lagrimas. Fue Adela la que habló primero.

- Es que pensaba que nos iba a llevar al otro lado de la casa, donde atiende a sus clientes habituales - ahora se dirigió a él - pero como somos conocidos entiendo que has pensado que no hacía falta tanta parafernalia y estaríamos más cómodas aquí.

- Eso es. Adela y yo nos conocemos desde hace más de veinte años, no tengo que hacer numeritos con ella. Verás Paula, me ha contado tu caso y estoy muy intrigado. Sobre todo por lo que puedes hacer, no conozco a nadie como tú.

- Ya, pues no me pidas que te toque porque no voy a hacerlo.

- Vale, no lo haré. Confieso que tenía curiosidad pero si no quieres lo entiendo. Mi negocio consiste en ayudar a la gente que necesita respuestas. Y voy a ser franco contigo, a veces las obtengo y a veces no. Pero siempre las doy. Tengo que vivir de algo, mi don viene cuando quiere, no puedo controlarlo a mi antojo. Así que si no me llega nada, podemos decir que intento consolar a mis clientes con alguna historia que quieran oír.

- Entonces eres un farsante.

- A veces sí y a veces no.

- No quiero mentiras, por mi casa han pasado muchos como tú y estoy muy harta de ellos, si no puedes ver nada, me gustaría que fueras sincero, te pagaré igual.

- Muy bien, lo entiendo. ¿Queréis tomar algo antes de empezar? - no nos dio tiempo a contestar, ya se dirigía a la cocina.Volvió con una bandeja con tazas de café, leche y azúcar.

- Serviros lo que queráis. Bueno, ¿me has traído algo de Samuel? - empezó a rellenarse una taza de café mientras me preguntaba - en principio vale cualquier cosa siempre y cuando creas que estaba muy unido a eso.

- Te he traído una fotografía en la que salimos juntos, nos la hicieron poco antes de que desapareciera, estábamos jugando en el jardín. También te he traído su pijama. A lo mejor es una tontería, pero le encantaba este pijama de súper héroe y mi madre siempre andaba detrás de él para que se lo quitara y poder lavarlo.

- Dame la foto primero.

La cogió entre las manos y empezó a manosearla, incluso a retorcerla, me puse nerviosa, la iba a destrozar y me gustaba mucho esa foto. No decía nada, sólo la toqueteaba con los ojos cerrados. Estuvo así unos minutos, a mí me parecieron horas, hasta que la dejó en la mesa y me miró.

- Esta foto sólo cuenta recuerdos bonitos. Os he visto jugando, como aparecéis, ese día alguno se magulló la rodilla. Creo que fuiste tú porque después he visto que el incidente se escondió a los mayores.

- Sí, no quería que mi madre tuviera que tocarme para curar la herida.

- Vale, pero no me dice nada más. Me han venido recuerdos de la infancia normales, columpios, una bicicleta y muchos camiones de juguete.

- A Samuel le encantaban los camiones - estaba empezando a emocionarme un poco, esto era muy duro - tenía una colección muy grande, siempre pedía alguno en navidad o por su cumpleaños.

- Ya, pásame el pijama - él no estaba emocionado en absoluto, se notaba que hacía esto todos los días, como un médico que olvida que sus pacientes son personas cuando da una mala noticia - creo que el pijama nos dirá algo más porque era más íntimo para él. Quiero decir que lo disfrutaba a solas.

Obedecí y le di el pijama. Hizo lo mismo que con la foto, cerró los ojos y empezó a estrujarlo y a manosearlo como si estuviera amasando pan. Entonces paró, se levantó y dijo:

- Perdonadme un momento.

Salió de la salita y a los pocos segundos volvió con un cuaderno y un bolígrafo. Se sentó de nuevo y siguió estrujando el pijama, esta vez sólo con la mano izquierda, con la derecha iba apuntando cosas en el cuaderno. Estuvo así un buen rato, yo intentaba ver lo que escribía pero no alcanzaba desde mi posición. Rellenó una hoja entera, cuando terminó, me devolvió el pijama.

- Con esto me han venido más cosas. Algunas no te van a gustar, pero creo que sé más o menos lo que le pasó a tu hermano. Te voy a interpretar lo que he escrito, cuando me vienen muchos recuerdos a la vez los escribo para que no se me olvide nada, si en algún momento quieres que pare, tú me lo dices.

- De acuerdo.

- Primero me ha venido algo que me extraña un poco, te he visto abrazando a tu hermano. No sé si será correcto o no. Luego me ha llegado el nombre de Álvaro y una bicicleta azul, había mucha luz, como si fuera un día de verano, andaban con las bicicletas los dos y en algún momento se pararon porque encontraron un sapo o una rana. Estuvieron pinchándola con un palo, eso lo he visto muy claro. Después he visto a tu hermano despidiéndose del otro chico, en la puerta de su casa.

Paró de hablar de repente. Miró a Adela, como si le estuviera pidiendo permiso para seguir, ella cerró los ojos y se encogió de hombros. Parece que David el mago sí que tenía escrúpulos al fin y al cabo. Me puse nerviosa.

-¿Y qué más?

- Es que no estoy seguro de que quieras escuchar más Paula, ¿lo has pensado bien?

- No quiero escuchar más, pero tengo una situación muy complicada en casa ahora mismo y necesito saber que le pasó. ¿Le mataron? ¿Se cayó a un pozo? ¿Qué? Dímelo ya.

Volvió a mirar el cuaderno, seguía dudando, respiró hondo y por fin se decidió a seguir hablando.

- Después de eso, tu hermano, creo que iba hacia tu casa, pero paró un coche a su lado y se puso a hablar con la persona que iba dentro, le convenció para que se montara con él. También se llevaron la bici.

- Así que algún maníaco se lo llevó.

- Pues en parte sí, pero no termina ahí. Un hombre, se llama Daniel, está muy nervioso y sabe dónde está tu hermano, quiere recuperarlo pero decide no hacerlo, no sé por qué motivo. Ese hombre está vinculado a tu hermano, sufre mucho, pero no va a ir a salvarle. No estoy seguro pero creo que es tu padre Paula.

Palidecí. No podía ser mi padre. Mi padre quería a Samuel más que a cualquier otra cosa en el mundo.

- ¿Quieres que siga? Por desgracia hay más. Pero puede que ya hayas tenido bastante.

No contesté en ese momento. Estaba en shock, no terminaba de creer lo que había escuchado.

- Igual deberíamos dejarlo por hoy - creo que Adela se arrepentía de haberme llevado a ver a este hombre.

- No, quiero escucharlo todo.

- ¿Estás segura?

- Sí.

- Está bien. A ver, a tu hermano lo maltrataron, no voy a darte detalles de lo que he visto porque creo que no va a ayudarte en nada, pero murió a causa de ese maltrato. Después se deshicieron de él. Y tu padre lo sabe todo, sabe quién fue y por qué. Eso es todo lo que he visto, lo siento.


Abrí mi bolso y dejé el dinero encima de la mesa, después salí corriendo de allí. Escuché a Adela cuando traspasaba la puerta, gritándome para que parase, pero no lo hice, corrí por la calle lo más rápido que pude, quería huir, de aquella casa, del nuevo Samuel, de mi madre y sobre todo de mi padre. Corrí durante mucho rato hasta que pensé que me iba a estallar el corazón.