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martes, 27 de enero de 2015

Por encima del hombro, Capítulo 8

Después de la conversación con mi padre, estuve tres días casi sin salir de mi habitación. No quería cruzarme con nadie, vivía en una casa llena de desconocidos. Al parecer todos eran aún más farsantes que yo. Mi padre guardaba un secreto horrible, mi hermano no era quién decía ser y mi madre fingía que todo marchaba como siempre. Me había estado preguntando si mi padre podía haberme mentido respecto a lo del cáncer, para mí era fácil averiguarlo, al menos en el sentido físico, pero hacía años que no la tocaba y en realidad tampoco quería hacerlo. Me daba miedo. Tenía miedo de verle detrás de mi madre como lo había visto detrás de Samuel, pero también me daba miedo verle más lejos de lo que podría esperar. Echaba mucho de menos a Bu en aquella época, era el único al que podía acariciar sin ver nada horrible detrás de él, con los animales no me pasaba. Seguro que no se habría movido de mi lado durante esos tres días si hubiera estado allí.

- Paula, ¿puedes venir un momento? - me sobresalté, no escuché la puerta cuando mi madre la abrió - necesito hablar contigo ahora.

- ¿Y no podemos hablar aquí?

- Quería aprovechar para ventilar este agujero en lo que bajas, serán cinco minutos, ¿tienes idea de lo mal que huele aquí? - se tapó la nariz con la mano para dramatizar un poco más y abrió todas las ventanas del cuarto - venga, baja un momento a la cocina.

- Vale, ahora bajo

- Te espero en la cocina, no se te ocurra cerrar las ventanas, no sé cómo puedes aguantar el ambiente tan cargado que hay aquí, cualquier día te da un desmayo.

No me apetecía hablar, menos aún con mi madre, estuve remoloneando unos minutos, a saber qué bronca me iba a caer ahora. Por otro lado, iba a volver a subir si la hacía esperar demasiado y seguro que más cabreada, no era de las que se rendían, así que al final bajé.

- ¿Qué pasa?

- Vaya forma de saludar que tienes, no sé quién te ha enseñado esos modales.

- Nos acabamos de ver hace un momento arriba, no pensé que tuviera que dar las buenas tardes. Buenas tardes.

- No me vengas con ironías. Tengo que hablar contigo muy seriamente, haz el favor de sentarte.

Me senté con desgana en una de las banquetas altas de la cocina, en ese momento me apeteció un zumo, pero ya me dio reparo volver a levantarme para cogerlo, mi madre estaba muy seria, más de lo normal.

- ¿Qué vas a hacer con tu vida?

- ¿A qué te refieres?

- Pues a eso precisamente, tienes casi dieciocho años. Desde que terminaste los estudios obligatorios con el profesor particular no has vuelto a hacer nada más constructivo, ¿es que piensas vivir de nosotros eternamente?

Esto no me lo esperaba, tenía gracia, en todo caso, las dos vivíamos de mi padre, ella tampoco trabajaba que yo supiera y no le habían faltado asistentes para hacer las tareas de la casa jamás, incluso de pequeños, teníamos una niñera. Pensé en decirle que buscaría un marido rico y me dedicaría a comprar alfombras persas y sofás de lujo en los que nadie se pudiera sentar, como había hecho ella, pero me callé. Con mi madre siempre era mejor callarse.

- Pues todavía no lo he pensado.

- ¿Y no crees que ya va siendo hora?

- Mamá, ¿a qué viene todo esto?

- Bueno, como sabes tu hermano se ha apuntado a un instituto nocturno para sacar el acceso a la universidad, he pensado que a lo mejor tú podías hacer lo mismo.

- No me parece buena idea, ya sabes que no me gusta estar rodeada de gente.

- A veces en la vida hay que hacer cosas que no nos gustan, sacrificios, para conseguir las metas que nos proponemos - en eso tenía razón, alargué el brazo sin pensar y toqué la manga de su chaqueta durante un segundo, lo suficiente para ver lo que necesitaba - ¿y ahora qué haces?

- Es que tenías una pelusa - se quedó algo contrariada, no esperaba que fuera a tocarla - perdona, te he cortado. Entiendo lo que quieres decir, pero en realidad yo quiero dedicarme a escribir, creo que se me da bien y no hay estudios específicos para eso. Ir a la universidad no va a hacerme más sabia.

-¿Escribir? ¿A qué viene esa tontería? No podrás ganarte la vida con eso.

- Entonces tendré que trabajar media jornada en algún sitio de comida rápida y dedicar la otra media a escribir mis relatos.

- Mira Paula, no estoy de humor para que me tomes el pelo.

- No lo hago. Acabas de decirme que hay que conseguir las metas que uno se propone, pues la mía es dedicarme a la escritura. Entiendo que no es lo que te gustaría, pero estamos hablando de mi meta, no de la tuya. ¿Puedo irme ya?

- No lo entiendes. Estoy preocupada, no sé qué será de ti cuando nosotros no estemos y puede que eso pase antes de lo que esperas. A lo mejor mañana no estamos aquí para cuidarte, ¿qué harás entonces?

Al parecer mi madre se creía en serio que cuidaba de mí. A penas nos veíamos, sólo hablábamos para discutir y yo por mi parte sólo pedía algo de comer, un techo y una buena conexión a internet. Tenía una visión bastante particular sobre lo que era cuidar de un hijo.

- Creo que me las apañaré. No te preocupes.

- Eres incorregible Paula, no sé qué te hemos hecho para que nos trates así, no puedo seguir luchando por ti.

- No creo que haya nada que puedas hacer, tú lo has dicho, no tengo remedio.

- Por lo menos prométeme una cosa. Voy a pedirte algo y después te dejaré en paz, pero prométeme que lo harás.

- ¿El qué?

- Promételo primero.

- Si no me dices lo que es, no voy a prometer nada que luego no vaya a cumplir.

- Está bien. Quiero que si el día de mañana me pasa algo, cuides de Samuel. Ya sé que él es el mayor, pero ha tenido que pasar por experiencias que nosotros no podemos ni imaginar. Tu padre sigue con su trabajo como si no hubiera vuelto y me da miedo pensar que si algún día falto yo, deje de sentirse parte de la familia. Quiero que me prometas que si me pasa algo, te esforzarás por hacer que se sienta a gusto en casa.

- Mamá, ¿por qué hablas así? - quería ver si confesaba lo del cáncer - no entiendo a qué viene ahora que te pongas tan tremendista.

- Tú sólo prométemelo.

- De acuerdo, lo haré. Te lo prometo. Cuidaré de Samuel - esté donde esté, pensé - haré que se sienta bien.

- Gracias. Era lo que necesitaba oír, ya puedes volver a tu ratonera.

No lo hice, salí a dar un paseo. Puede que tuviera razón y necesitara que me diera un poco el aire, sobre todo para intentar aclarar las ideas. Era cierto que se moría, no lo había visto tan cerca como para que fuese al día siguiente, pero lo suficiente para saber que no le quedaba mucho. Quizá una semana o dos. Me puse a llorar mientras caminaba, dejé que el viento se llevara mis lágrimas. En realidad no sabía si lloraba porque mi padre me había dicho la verdad y me sentía aliviada o porque mi madre se moría y puede que en el fondo la quisiera más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Decidí hacérselo un poco más fácil el tiempo que la quedara. Seguro que debajo de todo ese maquillaje, la ropa impecable y su cara de bulldog, había sentimientos. Muy enterrados eso sí, pero alguno de ellos sería para mí también.

Cuando volví a casa hablé con ella, le dije que lo había pensado mejor y estaba dispuesta a apuntarme a algún curso, puede que un ciclo de grado medio o algo así, a distancia. Tampoco quería que pensara que se me había aparecido la virgen. Le dije que los miraría a ver cuál me gustaba más.

- Algo es algo dijo - y se encogió de hombros.

Se fue un martes lluvioso. Habían pasado ocho días desde nuestra conversación. Se acostó la noche anterior y no volvió a despertarse. La casa se llenó en seguida de gente, muchos de ellos llegaron antes que mi padre, no sé cuánto tiempo haría que no dormían juntos para que él se hubiese marchado al trabajo sin darse cuenta. Creo que eso le avergonzó bastante después. Samuel lloraba desconsolado y se abrazaba a todo el que entraba por la puerta, incluso a gente que no conocía ni yo, estaba tan metido en su papel que hasta a mí me pareció que había llegado a quererla mucho de verdad.

Hicimos todo lo que había que hacer. Seguir el cuerpo al hospital, después al tanatorio, velarlo durante veinticuatro horas y enterrarlo a la mañana siguiente. Siempre me ha llamado mucho la atención que la muerte sea tan imprevista pero tengamos un protocolo tan bien establecido para darle la bienvenida, hasta hoy en día me sigue pareciendo raro.

Dejé que pasara una semana, no quería importunar a mi padre, no estaba segura pero creía que aún la seguía queriendo, por lo menos algo de cariño debía quedar después de tantos años juntos. Una tarde le vi entrar en su despacho y le seguí, cuando llegué, todavía no le había dado tiempo a sentarse detrás el escritorio.

- Creo que tenemos una conversación pendiente.

- Lo sé.

- Puede que no sea el mejor momento, igual quieres esperar un poco más, pero tarde o temprano tenemos que hablar de esto.


- Siéntate Paula, hablemos.