Para soñadores de la realidad y vividores de lo imaginario.

jueves, 29 de enero de 2015

Por encima del hombro, Capítulo 9

Me senté, pero él no abrió la boca en un buen rato, yo tampoco dije nada, supuse que estaba intentando ordenar el monólogo en su cabeza. Miraba la pantalla del ordenador, estaba apagada, pero ese gesto suyo era muy típico, cuando pensaba en algo profundamente se quedaba con la mirada fija en un objeto, como si pudiera atravesarlo con la mente y le diera el pié que estaba buscando para empezar.

- Paula, ¿tú sabes a qué me dedico, no? - la pantalla había hecho su magia, aunque no esperaba que fuera a iniciar la conversación así.

- Sí, eres inversor, ganas dinero haciendo más dinero para otros ¿no es así? Aunque no entiendo la relación que tiene eso con lo que hemos venido a discutir.

- Ya, normal - se quedó callado de nuevo durante unos minutos - a simple vista no se ve, por eso estamos aquí ahora.

- Creo que te estás yendo por las ramas.

- No, es que no sé por dónde empezar. Lo que es peor, no sé si voy a perderte a ti también cuando te cuente todo esto, supongo que sí, es lo más justo.

- Me estás asustando un poco, tú sólo dime qué pasó.

- Creo que no tienes relaciones normales con la gente porque siempre has sido más madura de lo que deberías. Tienes diecisiete años, cualquier padre se imaginaría discutiendo con su hija sobre si puede ir o no a tal concierto, la hora de volver a casa o renegando del novio pintón de turno que uno no quiere que toque a su niñita. Pero tú no eres así, vas a lo tuyo y no te importa nada de eso, ¿por qué? Eres una chica triste, siempre lo has sido y por más que tu madre y yo lo intentamos, nunca conseguimos averiguar qué es lo que te pasa. - No dije nada, no estábamos allí para que yo le contara mi vida, pero insistió - ¿Qué te pasa Paula?

- Bueno, tú mismo lo dijiste, debe ser que he salido a ti. Tú eres la persona más distante que conozco.

- Lo sé, pero yo no era así, tú no lo recuerdas porque eras muy pequeña, pero yo era un hombre feliz, lo fui durante muchos años. Empecé a triunfar en los negocios a una edad bastante temprana, me casé con la mujer que quería y vivía sin problemas de dinero o salud. Después vino Samuel, una alegría más. Y tres años más tarde llegaste tú - aquí lo de la “alegría” se lo ahorró - pero luego comenzaron a torcerse las cosas. No sabes lo que es pensar que tienes tu vida bajo control, como un tren que marcha a buen ritmo hacia el destino fijado y de repente, en un abrir y cerrar de ojos, descarrila y uno no puede hacer nada por evitarlo. Lo único que se me ocurrió fue seguir controlando la locomotora como si no hubiera pasado nada.

A estas alturas de la conversación, ya me quedaba claro que él había estado implicado en la muerte de Samuel de alguna manera, pero le estaba costando mucho soltar qué hizo y yo empezaba a impacientarme.

- No te sigo, estás divagando, necesito que me hables de hechos y no de metáforas ambiguas.

- Sé lo que quieres, pero es tan duro que no me salen las palabras. Nunca le he contado esto a nadie y por nada del mundo hubiera imaginado que la primera persona serías tú. ¿Cómo llegaste a esas conclusiones? ¿Con quién has hablado?

- Si te lo digo, no vas a creerme.

- Inténtalo.

- Vale, fui a ver a un vidente. Uno de esos en los que mamá se gastó una fortuna.

- ¿Tu madre sabía lo mismo que tú? -  por un momento apartó la vista de la pantalla y me miró sorprendido- nunca me dijo nada.

- No, mamá solo dio con embusteros, que era lo que tú esperabas. Supongo que la dejabas andar con este tipo de gente porque no crees en ellos. En parte tienes razón, la mayoría son unos farsantes. Pero yo me topé con uno que no lo era.

- Pensaba que tú tampoco creías en esas cosas.

- Antes no, ahora ya no sé en lo que creo. Al principio dudé, no sabía si me había mentido, pero tú me confirmaste que lo que dijo era cierto por la reacción que tuviste cuando te hablé de ello.

- Ya, me delaté ¿no es así? Me pusiste nervioso. La verdad es que guardar este secreto durante tanto tiempo ha sido un suplicio para mí, por eso cada vez estaba más distraído con el trabajo, me daba vergüenza miraros a la cara. De alguna manera me sentí aliviado cuando entendí que me ibas a obligar a confesar. He estado tentado muchas veces, pero no sabía a quién decírselo.

- ¿Decir qué? si tanto peso llevas encima, puedes descargarlo aquí y ahora conmigo - le entendí, a mí me había pasado algo parecido hasta que le conté a Adela lo que podía hacer, no es que ya no tuviera que soportarlo, pero me hizo sentir un poco mejor hablar sobre ello.

- Paula, te voy a contar lo que pasó. Después, tú tendrás que decidir si comprendes o no la situación en la que me encontraba. Lo entenderé si no lo haces.

Tenía miedo, no estaba segura de querer oírlo, pero después de haber insistido tanto con el tema ya no podía dar marchar atrás. La culpa de estar sentada en esa silla la tenía yo, por no dejar que todo siguiera su curso, me había obsesionado con el nuevo Samuel y ahora estaba ahí, con los pelos de punta, dispuesta a escucharle decir que no era un padre aburrido normal y corriente, sino un monstruo disfrazado de Armani. Me miraba fijamente, pidiendo permiso para empezar, respiré hondo y me dispuse a escuchar lo que tenía que decir, asentí con la cabeza.

- Más o menos un año antes de la desaparición de Samuel, las cosas me iban muy bien en el trabajo. En el mundo en el que me muevo, la mayoría de clientes que uno tiene los consigue a través de otros clientes que hablan bien de ti. Para eso se organizan comidas, partidas de tenis y cosas así. Nada serio, porque aunque se hable de temas muy delicados, es preferible hacerlo en ambientes distendidos. El caso es que por aquella época yo tenía un grupo de clientes muy importante, manejaba grandes sumas de dinero para ellos y se trataba de personas muy bien posicionadas. Algunos eran políticos, también había gente que tenía que ver con grandes compañías petrolíferas, en fin, personas adineradas y muy influyentes en la sociedad. No voy a darte nombres. Habían formado una especie de club, se reunían para hacer fiestas y empezaron a invitarme a alguna, y bueno, eres muy joven pero no tonta, supongo que ya sabes lo que son las drogas y las prostitutas. Yo me dejaba llevar, no tanto porque disfrutara de ese tipo de cosas, sino por todo el dinero que me aportaban. Para mí, lo más importante por aquel entonces era el dinero y hacía lo impensable para conseguirlo. Una noche, en una de aquellas fiestas, yo estaba charlando con otro de los invitados en un salón, nos estábamos sirviendo algo de beber y empezamos a escuchar gritos en el salón contiguo, recuerdo que ambos se comunicaban y la puerta estaba abierta. Miramos hacia allí y vimos al resto, estaban de espaldas, silbaban y vitoreaban, entonces la persona que estaba conmigo dijo algo así como: “ven, no querrás perderte esto”  y salió disparado hacia allí. Yo le seguí, pensaba que habían organizado una pelea de gallos o algo así, esa gente tenía gustos bastante raros, pero cuando llegué, no fue animales peleando lo que vi. - Paro unos segundos, volvió a mirar la pantalla de su ordenador, empezaron a rodarle lágrimas por las mejillas, pero continuó hablando como si no se hubiera percatado de ello, seguía con la mirada fija en la pantalla. - Lo que vi, fue a una niña, no tendría más de trece o catorce años, estaba tumbada en el suelo, desnuda, varios hombres la sujetaban las piernas y los brazos para que no pudiese moverse, alguien le había metido un calcetín sudado en la boca y se lo había sujetado con cinta aislante. Todos gritaban a mi alrededor, pero en ese momento no entendí que decían porque sólo podía ver la mirada de esa niña, era de auténtico horror, nunca había visto una mirada así, sus ojos saltaban de uno a otro, suplicando que alguien le ayudara, pero todos se reían y le gritaban. Entonces alguien cogió un atizador de la chimenea y empezó a pinchar a la niña con él por todo su cuerpo desnudo. Los demás reían a carcajadas y le animaban pidiéndole más, yo estaba paralizado, no sabía qué hacer y de repente, me di cuenta de que aquel monstruo le había clavado a la niña el atizador en un ojo, ya no lo tenía, ahora sólo le quedaba uno para suplicar, mientras intentaba encogerse con cada golpe que recibía. Me di la vuelta, no quería ver más, pero el mismo que me había arrastrado hasta allí me dijo: “te estás perdiendo lo mejor” y me agarró por encima del hombro para obligarme a girar de nuevo. La niña sangraba por todas partes, ya casi no se movía, el único ojo que le quedaba miraba inerte hacia el techo, los demás seguían riendo y se iban pasando el atizador unos a otros. Alguien me lo quiso dar a mí, no lo cogí, me di la vuelta y vomité. Se rieron todavía más, entre las drogas y el alcohol estaban eufóricos, fuera de sí. Entonces escuché que uno de ellos decía, “hay que llamar al Tenazas para que venga a sacar la basura”. Supuse que la niña ya estaba muerta, pero no quise mirar para asegurarme. Después de aquello todos entraron en el otro salón y cerraron la puerta, yo también entré, pensé que no tenía más remedio, se pusieron a hablar entre ellos de lo que mucho que se habían divertido esa noche y de que ya estaban impacientes por conseguir la siguiente. Uno de ellos se arrimó a mí y me dijo que no pasaba nada porque hubiera vomitado, que a algunos las primeras veces les causaba más sensación: “en el futuro te encantará, no hay éxtasis que supere este subidón”. 

A estas alturas de la historia yo no podía estar más aterrorizada, una cosa era ver documentales de crímenes en televisión y otra muy diferente que tu padre te contara cómo había asistido a uno en vivo y en directo. Quería que parase de hablar, pero no tuve fuerzas para decir nada y continuó, creo que una vez que había empezado ya necesitaba soltarlo todo.

- Pasé muchas noches sin dormir después de aquello, no podía quitarme la mirada tuerta de esa niña de la cabeza. Ir a la policía no era una opción, aquella gente sabía de su inmunidad, alguno de ellos de hecho, era un alto cargo del cuerpo en aquel momento. Empecé a excusarme para dejar de asistir a las fiestas y comenzaron a amenazarme sutilmente. Me decían cosas como que si ingresas en el club, ya no puedes salir. Supongo que temían que encontrara la forma de dar a conocer lo que estaban haciendo. Pero decidí no hacerlo, porque nadie iba a creerme y porque en aquél momento pensé que lo máximo que podría pasarme era que toda esa gente dejara de hacer negocios conmigo. Al contrario, no lo hicieron, siguieron invirtiendo como si nada y entonces fue cuando empecé a pasar miedo de verdad. Continuaron llamándome para que asistiera a sus fiestas, yo me excusaba con el trabajo, pero ellos seguían insistiendo hasta que un día, llegué al despacho y tenía un sobre cerrado encima de la mesa. Lo abrí y dentro había un papel en el que ponía: “si estás con nosotros, ven esta noche, sino, debes pagar la penalización por salir del club”. Y decidí pagar, no sabía qué era, se me ocurrió que quizá se inventaran un escándalo sobre unas supuestas inversiones fraudulentas para meterme en la cárcel o algo así, estaba dispuesto a asumir cualquier cosa. Supuse que esa amenaza significaba que podía darme por muerto, que me hundirían en la miseria y me destrozarían la vida, pero no se me ocurrió que fueran hacer lo que hicieron. Al día siguiente tu hermano desapareció y por la noche, ya de madrugada, cuando la policía aún estaba en casa, recibí un mensaje al teléfono móvil de un número desconocido en el que decía: “estamos en paz.”

Ya no pudo seguir hablando, se echó a llorar y se cubrió el rostro con las manos, parecía que hubiera vuelto a perder a Samuel esa misma tarde en su despacho. Yo también lloraba. Estaba triste, dolida, enfurecida… creo que no sabría explicar con todos los adjetivos del mundo cómo me encontraba después de que mi padre me vomitara todo eso encima. Supongo que lo que mejor podría describirlo, es que ante todo me sentí perdida.  

- ¿Y por qué no se lo dijiste a la policía cuando recibiste ese mensaje? - continuaba con las manos en la cara, llorando sin consuelo, esperé unos segundos a que se recompusiera un poco. Cuando lo hizo me miró, sus ojos imploraban algo de comprensión por mi parte, pero no podía dársela, aún hoy no puedo.

- Porque ya era demasiado tarde. Nadie me habría creído y pensé que lo mejor para todos era dejarlo así.

- Lo mejor para ti.

- No, para todos. Tú no entiendes lo asustado que estaba. Me daba miedo dar un paso en falso y descubrir que os había pasado algo a tu madre o a ti también. Ya me habían dejado claro que podían hacer lo que quisieran, ¿no lo entiendes? Esa gente era intocable Paula.

- No, no lo entiendo. ¿Quién los hacía intocables? Personas como tú supongo, codiciosos que querían repartirse un trozo del pastel.

- Dejé de trabajar con ellos en cuanto pasó todo esto.

- ¿Y eso te parece un consuelo? - grité, me estaba volviendo loca por momentos - Ya me lo esperaba, ¡sólo faltaba que me dijeras que sigues haciéndoles ganar dinero hoy por hoy!

- No, no es ningún consuelo. No hay nada que pueda decir, fui un cobarde y Samuel lo pagó. Mi niño lo pagó. - De nuevo se tapó la cara con las manos, eran años de lágrimas contenidas, ahora no tenía forma de hacer que parasen de salir.

- ¡No puedo ni mirarte! Dejaste que mataran a una niña inocente delante de tus narices y Samuel lo pagó por ti. ¿Alguna vez, en todo este tiempo, has llegado a ser plenamente consciente de lo que has hecho? ¿Cómo has podido seguir tu vida como si nada?

Me repugnaba pensar en los últimos diez años, con mi madre visitando videntes, buscando a su hijo debajo de cada piedra, mientras convivía sin saberlo con la persona que había provocado su muerte. Quería escupirle, pegarle, matarle, no sé. Quería hacerle daño físico.

- Supongo que desde tu punto de vista puede parecer que he seguido viviendo como si nada, pero no ha sido así, lo he pagado en silencio cada día.

- Cargar con la culpa no es pagar nada papá. No sé en qué momento se te ha ocurrido que podía llegar a entender lo que hiciste. Se mire por donde se mire, eres un asesino. No puedo darte el consuelo que necesitas, nadie puede.

- Lo sé.

- Necesito salir de aquí. No quiero verte y tampoco al impostor que duerme en la cama de mi hermano. Tengo que irme.

- Lo entiendo.

Me levanté, cuando ya tenía abierta la puerta del despacho, mi padre me llamó, paré pero no me di la vuelta.

- Paula, ese chico no estará aquí mucho tiempo. Te dije que lo arreglaría y lo haré. 


- No quiero saberlo papá. Ya no quiero saber nada más sobre esta familia.