Para soñadores de la realidad y vividores de lo imaginario.

viernes, 30 de enero de 2015

Por encima del hombro, Epílogo

Después de las revelaciones que me había hecho mi padre, con mi madre ausente y el nuevo Samuel, decidí que ya no podía permanecer en aquella casa por más tiempo. Llamé a Adela, no estaba segura de que se fuera a poner al teléfono porque desde que salí corriendo de casa de David el mago no le había devuelto ninguna llamada. Sí que lo hizo, le pregunté si podía acogerme en su casa algunos días y me dijo que sí. A penas la conocía, pero era la única persona que se me ocurrió que me podría ayudar.

Pasé la noche decidiendo qué cosas se vendrían conmigo. Los cuadernos de escritura fueron lo primero en caer en la bolsa, algunas fotos de Samuel y de Bu, el portátil y algo de ropa, no mucha. Cuando terminé miré a mi alrededor y me di cuenta que toda mi vida seguía en esa habitación, pero parecía la de otro, no me importaba dejarlo todo atrás. Me senté en el escritorio por última vez y pasé el resto del tiempo mirando por la ventana, esperando que saliera el sol, Adela me había dicho que iría a recogerme a primera hora.

Bajé las escaleras sobre las ocho y media, a hurtadillas, no quería que me vieran mi padre o el nuevo Samuel, pero éste último estaba desayunando en la cocina y me vio pasar por delante. Cruzamos las miradas durante unos segundos, vi en la suya lo que quise haber visto desde el primer día, triunfo. Estaba encantado de que me fuera. No dijo nada y yo continué hacia el vestíbulo. Al llegar a la puerta me paré en seco, sentí la necesidad apremiante de tocarle. Puede que yo me revelara contra mi curiosidad muy a menudo, pero casi siempre perdía la batalla. Dejé la bolsa en la entrada y volví a la cocina, seguía allí, cuando me vio entrar volvió a aparecer la misma expresión en sus ojos, la acompañaba una sonrisa victoriosa. Me acerqué a él despacio y le cogí por el brazo que sujetaba una taza de café durante unos segundos, se quedó algo sorprendido, yo seguía mirándole a los ojos, o eso debió parecerle a él. Después me di la vuelta y me largué de allí para siempre.

Adela me estaba esperando en la entrada, no sólo me acogió durante unos días, al final me convertí en una hija improvisada. Fue mi mentora, me ayudó a perfeccionar mi escritura y fue ella quien me puso en contacto con la revista para la que trabajo ahora. Vivimos juntas durante doce años, hasta que murió por un estúpido accidente de coche. Lo único que me alivió en aquél momento es que fue la primera en irse sin que yo supiera cuándo iba a hacerlo. Eso me hizo sentir normal. No amortiguaba el dolor, pero por lo menos me vino tan de repente como a los demás.

El nuevo Samuel también murió. Pienso que fue el mismo día que me fui de casa, porque vi a la bestia pegada a su nuca al tocarle aquella mañana, también la olí, como la estoy oliendo ahora, supongo que mi padre lo mató. De alguna manera decidió acoplarse a la familia equivocada, no sé si lo merecía o no, tampoco llegué a averiguar nada sobre él. ¿Era una mala persona hasta el punto de merecer la muerte? Quién sabe, puede que sólo fuera un impostor desafortunado. Lo mismo da, si Él viene a por ti, da igual que estés en tu casa o de vacaciones exóticas en el centro de África, allí irá a buscarte. Aparece en forma de cáncer, de accidente o de asesinato pertrechado por un infeliz que no encuentra su paz interior. Supongo que mi padre no lo hizo mal en el sentido de que consiguió librarse de nuevo, es decir, sigue viviendo en la vieja casa familiar, así que una vez más no ha pagado por lo que hizo. Él cree que la carga que lleva encima es suficiente penitencia, a mí me parece un precio muy barato por todo el sufrimiento que ha causado a los demás. No he vuelto a verle desde que me fui, no lo haré. Sólo va a saber de mi cuando se encuentre a Gus en la caseta de Bu, se lo he dejado de regalo para que no muera solo, espero que sepa cuidarle bien.


Respecto a mí, ya me voy. No he ido al médico así que no sé lo que tengo, siempre he sabido cuándo me tocaría y no me parece importante que me den un motivo. Me ha acompañado durante todos estos años, un poquito más cerca cada día, le veo cuando me reflejo en cualquier parte, por encima de mi hombro, como con todos los demás. Ahora no me hace falta verle para saber que está aquí. Ha inundado el cuarto con su pestilencia y, si dejo todo en silencio, puedo escuchar una especie de respiración latiendo detrás de mí, sólo queda que me abrace. No estoy asustada, hace tiempo que le espero, para la vida que he tenido, me hubiera gustado que viniera antes. Como dijo mi padre aquella tarde, no he sido una persona feliz, quién sabe, puede que me toque serlo en la siguiente.