Para soñadores de la realidad y vividores de lo imaginario.

lunes, 19 de enero de 2015

Por encima del hombro, Capítulo 2

Estaba encerrada en el cuarto dibujando fantasmas, cuando escuché a mi madre gritar por teléfono, me dio mucha lástima, pero no podía dejar que notara mi tristeza, así que no salí de la habitación, de todas formas entraría en cualquier momento e intenté concentrarme en contener la angustia. Apareció como un viento huracanado y corrió hacia mi escritorio.

-Paula, ¿sabes dónde está tu hermano? - lo dijo suplicando, creo que esperaba que todo aquello fuera una broma de ambos y yo un cómplice que acabara confesando la pequeña travesura.

-No mamá, no lo he visto desde ayer por la noche. - Lo recordaba perfectamente porque había sido la única y última vez que le había abrazado. Quería mucho a Samuel y no podía dejar que se fuera sin despedirme. Siempre había respetado el muro invisible que marqué para que no se acercasen los demás y nunca me había preguntado por qué lo hacía. Se limitaba a jugar conmigo y con Bu a una distancia prudencial. La noche anterior, cuando le abracé, se quedó tan sorprendido que me preguntó si estaba bien.

-Paula, si sabes dónde está, es muy importante que me lo digas. Nadie sabe nada de él desde esta mañana y estamos todos muy preocupados, mírame. - Me giré, pero no la miré a la cara, me daba miedo que notara lo que estaba ocultando. - No voy a enfadarme, pero tienes que decirme dónde está, puede que le haya pasado algo.

-Es que no sé dónde está mamá, de verdad. - Y era cierto. No conocía su paradero, sólo sabía que no íbamos a volver a verle más.

-Esta mañana me dijo que se iba a pasear en bicicleta con Álvaro, pero son las cuatro y no ha vuelto, he llamado a la madre de Álvaro y me ha dicho que él había llegado a casa sobre la una, tu padre tampoco sabe dónde está, por favor Paula, te lo repito por última vez, si sabes dónde ha ido tu hermano o qué puede estar haciendo, tienes que decírmelo ahora.

-De verdad mamá, no lo sé. - Me puse a llorar, era mucha presión para una niña de siete años con un secreto tan grande. - Me estás asustando.

-Perdona, estoy muy nerviosa, no te preocupes, seguro que está bien. Escucha, vamos a salir con el coche a dar una vuelta por el  barrio a ver si le vemos.

Obedecí. Mientras circulábamos por aquel barrio residencial de gente adinerada que se sentía intocable con sus cámaras de seguridad, vigilantes veinticuatro horas y las alarmas más sofisticadas del mercado, pensé en Samuel, no le había servido de nada pasear entre algodones. Si Él viene a por ti, no hay nada que se pueda hacer. Claro que no se me había ocurrido que los acontecimientos se desarrollaran así, la noche anterior cuando me despedí de él, pensé que Samuel iba a estar en casa cuando todo pasara, o que alguien llamaría para dar la peor noticia que una madre puede recibir, desde luego, no esperaba que fuera a esfumarse sin más. Esto lo complicaba todo.

Nos paramos en uno de los puestos de vigilancia de la entrada del recinto, mi madre preguntó al guardia si había visto a Samuel y le dijo lo mismo que todos los demás. Llamaron por teléfono al compañero que había hecho el turno anterior y tampoco hubo suerte. Se quedaron con su descripción por si alguien le veía: un chico de diez años con el pelo moreno y corto, ojos marrones, estatura de algo menos de metro y medio. Esa mañana llevaba un pantalón corto verde y una camiseta blanca con dibujos de animales. Iba con una bicicleta azul. El guardia prometió a mi madre que informaría a todos sus compañeros del asunto.

-No se preocupe señora, ya sabe cómo son los críos, seguro que se ha puesto a jugar con cualquier trasto viejo que haya encontrado por ahí y se le ha ido el santo al cielo. Verá como vuelve para la hora de la cena.

-Usted no tiene ni idea de cómo es mi hijo, así que no se atreva a hablar de él como si le conociera. Haga el favor de informarme si se entera de algo y guárdese sus suposiciones para quien quiera escucharlas.- Mi madre solía ser bastante seca cuando hablaba con desconocidos, sobre todo si pensaba que no estaban a su nivel cultural, sobra decir que con los nervios de aquella tarde no tenía ninguna intención de guardar las formas.

- Sí señora, lo haré. - Lo dijo algo avergonzado, supongo que pensó que no era nadie para intentar calmar a la mujer de un ricachón cuyo coche habría costado el doble que su propia casa. Mi madre podía intimidar a mucha gente luciendo su poder en forma de dinero.

Cuando volvimos a casa ya eran más de las siete y mi padre estaba allí. Tenía el teléfono pegado a la oreja y sobre la mesa descansaba una pequeña libreta con varios números apuntados a mano, debió llamar a medio vecindario para preguntar si alguien lo había visto, pero no hubo suerte. Al vernos entrar colgó el teléfono y se dirigió a mi madre en tono apremiante.

- ¿Lo habéis encontrado? - Ya sabía la respuesta, no estaba con nosotras, pero supongo que no podía rendirse a la obviedad tan fácilmente.

- Nadie lo ha visto, he preguntado a varios vecinos y he dejado su descripción en dos de los puestos de la entrada.

- Si los guardias no le han visto salir, tendrá que estar dentro del recinto, en alguna parte.

-¿Y si lo han secuestrado Daniel, no se te ha ocurrido esa posibilidad? - Pronunció esas palabras en voz baja y mirando al suelo, como si así fueran a tener menos efecto. Su cabello largo perfectamente alisado le ocultaba casi toda la cara y los goterones de sus lágrimas caían uno detrás de otro encima de la alfombra persa de la entrada.

- No quiero pensar en eso.

-Pero que no queramos creerlo, no significa que no haya podido pasar. Deberíamos llamar a la policía.

Mi padre se quedó callado durante unos minutos, miraba la libreta de la mesa como si la respuesta a todas sus preguntas estuviera contenida en ella, de repente se volvió y me agarró por los hombros.

-Paula, ¿tú sabes dónde está?- me zarandeaba hacia delante y atrás, como si Samuel se me fuera a caer de los bolsillos por arte de magia, no dejaba de gritar - ¡dímelo ahora!, ¡dime dónde está!

Me puse a chillar suplicando que me soltara. Estaba histérica, no escuchaba lo que mi padre decía, sólo podía verle a Él, bastante más cerca que la última vez, aunque no tanto como cuando abracé a Samuel, entonces no sólo le vi, también le olí, podría haberlo tocado. Me zafé como pude de las garras de mi padre y subí corriendo a mi habitación, cerré la puerta tras de mí. Bu estaba allí, tumbado a los pies de la cama. Me senté a su lado y empezó a lamerme las lágrimas de las mejillas. Cerré los ojos y dejé que me calmara a su manera. Por la ranura de la puerta se filtraba el sonido amortiguado de las voces de mis padres discutiendo, agradecí no poder entender lo que decían.