Para soñadores de la realidad y vividores de lo imaginario.

viernes, 6 de febrero de 2015

De clases y clases

Viviendo en una democracia como la nuestra, se supone que somos todos iguales, o eso al menos, es lo que se empeñan en hacernos creer. Claro está que la mayoría sabemos que no es así. ¿Qué nos diferencia a unos de otros? Por regla general, el dinero, con eso lo demás viene rodado. Hay pequeñas situaciones que te van dando pistas sobre a qué clase perteneces. Por ejemplo, llegas a la puerta de una discoteca de moda y el orangután de la entrada te mira de arriba a abajo, tiene un don especial para saber, por el tipo de ropa que llevas, cuánto dinero portas en la cartera. Así que te dice que no, que con esa camiseta vieja y los vaqueros desgastados no entras. Entonces uno decide irse a otra parte donde pueda disfrutar de buena música y compañía con su camiseta de "ACDC". Con las mujeres el rollo es algo diferente, tenemos que ir con vestido de "Barbie", y cuando digo "Barbie" no me refiero al modelo, sino a la talla. A parte de eso tacones, manicura, peluquería, etc. Por otro lado, a la moda siempre, esto parece una tontería pero requiere un esfuerzo hercúleo obtener el conocimiento necesario para poder ir a la moda todos los días, porque cambia constantemente y el modelo "cool" de hoy, mañana es una completa horterada.
Yo trabajé en un local de estos durante un par de años, sólo eventos, me pagaban por horas, así me sacaba un dinerillo extra. Esos dos años de mi vida fueron los que más me enseñaron sobre ésta, nuestra sociedad de clases. Lo primero que aprendí es que para el grupo de personas que acudían a los eventos, esas clases existen de verdad, aunque el resto de los mortales no veamos la diferencia. Recuerdo una ocasión en la que tenía que ir a currar, no se por qué pero la puerta de servicio estaba cerrada, así que me dirigí sin pensarlo a la principal. El orangután me dijo que no entraba, claro, no esperaba otra cosa, tenía que hacer su trabajo. Cuando le repliqué que yo no iba a disfrutar de la fiesta, sino que era una mera empleada, no me creyó y continuó en su empeño de que no cruzara el cordón de terciopelo rojo que hacía de muralla entre los dos. Dado que yo sólo iba cuando se organizaban eventos, este señor no tenía por qué conocerme, así que llamé a mi jefa por teléfono para que saliera a buscarme. La fatalidad hizo que mi jefa no estuviera dentro en ese momento, así que me dijo que le pasara el teléfono al orangután, lo intenté, pero no quiso cogerlo. A los pocos minutos llegó ella y, sorpresa sorpresa, tampoco la dejaban entrar por la puerta grande. Todo se solucionó cuando mi jefa llamó al jefe del orangután para que saliera a buscarnos, se me ocurrió entonces hacerme amiga del orangután, le llevaba canapés destrangis, para asegurarme de no tener que volver a pasar por eso, resultó ser un tío gigante pero majo.
Otro día, preparando un evento de una revista de moda muy popular, apareció por la puerta la organizadora del mismo para ver cómo iba todo. Cuál fue su sorpresa al ver veinte camareros normales y corrientes preparados para la carga, casi le da un desmayo. Se puso a gritar que ella había pedido camareros modelos, que nosotros no podíamos aparecer por la sala de ninguna manera, incluso señaló a un par horrorizada. Puede que esta mujer fuera de la alta sociedad, pero la educación se la debió meter su madre por el culo. Nosotros la mirábamos impasibles, ya estábamos allí, así que nos iban a pagar igual y la verdad, creo que no sientes lo mismo cuando te llaman feo a la cara y estás tú solo que cuando se comparte con otras veinte personas. Mi jefa, sin embargo, sí que se ofendió bastante. Así que se giró hacia nosotros y nos dijo que nos cambiáramos, que nos íbamos a casa, que la organizadora histérica iba a encontrar ella sola veinte camareros modelos en media hora que quedaba para que empezara todo. Al final se lo pensó mejor y aquella noche acabamos currando, eso sí, los más calvos y los más bajitos, tuvieron que quedarse dentro de la zona del office, haciendo tareas que no fueran cara al público. Nos escogió como a ganado.
En otra ocasión, para no se qué fiesta de famosillos de tres al cuarto, sí, de esos que salen gritando obscenidades por la tele para pertenecer a la alta alcurnia. Pues resulta que el organizador del evento había decidido traer la ropa que nos teníamos que poner. A mi me dieron un trapo que, en un principio, pensé que era la parte olvidada de un conjunto de dos piezas, pero resultó que no, me tenía que embutir en aquello como pudiera y pasear mis lorzas por toda la sala. Intenté negarme rotundamente, pero me replicaron que se lo estaban poniendo todos y era lo que había, así que cedí a la presión de grupo y me metí en aquello que ellos llamaban prenda. Me pasé toda la noche con la bandeja de bebidas que portaba a la altura de mis vergüenzas, intentando que las copas las disimularan un poco.
No sé cómo aguanté tanto tiempo en ese trabajo la verdad, supongo que porque ganaba mucha pasta y la necesitaba, además, era muy joven y tampoco tenía el orgullo que tengo ahora.
Puede que esto parezca el final de la historia que estoy ofreciendo, pero en realidad ha sido el aperitivo para entrar en materia sobre la anécdota que me ha ocurrido hoy y que me dispongo a contar, si alguien se ha aburrido ya, puede retomar el resto otro día o no hacerlo, como gustéis.
El caso es que esta mañana he salido a pasear con mis dos amigas peludas, estábamos disfrutando bastante, ellas de la compañía de otros de su especie y yo, de los dueños de éstos. Una charla animada mientras seis o siete perros correteaban a nuestro alrededor.
De repente se han empezado a escuchar gritos de una mujer y, al volver la vista, hemos descubierto a una de mis perras, bestia parda de a penas tres kilos y medio, intentando jugar con el perro que la mujer llevaba atado. Se ha puesto a gritar histérica y yo me he acercado para coger a la mía. En principio iba calmada, ya me he encontrado más veces con gente como ella. Suelen tener un perro patada de no menos de 1500€ en la tienda de animales de turno, le ponen un kiki, como llevaba este, y lo pasean por la calle sin dejar que nadie se arrime al animal, algunos incluso lo llevan metido en un carrito, no digo más.
Para este tipo de gente, que otro perro se acerque a oler el trasero del suyo o peor, que en un descuido el suyo huela el trasero de otro, es una horror inimaginable, una de las peores pesadillas que pudieran hacerse realidad.  Así que me he arrimado a coger a mi perra sin decir nada, pasando de sus gritos. Mi plan era sencillo, cojo a la perra y la devuelvo a la manada. Pero según me acercaba, la señora ha gritado una frase que ha hecho que la cólera me subiera desde el estómago y el pelo me ardiera en llamas: "¡coge a ese chucho que le va a hacer daño a mi perro!"
No ha sido la palabra, ha sido el tono.
Mira por dónde, me he dado cuenta de que puedo aguantar que no me dejen entrar al trabajo porque parezca que no doy la talla para el local, pero se me ha hecho insoportable escuchar a esa estirada llamarle chucho a mi perrita. Así que le he dicho, con todas las palabras malsonantes que se me han ocurrido y no voy a reproducir aquí porque no veo la necesidad, que chucho sería su perro o puede que incluso ella. Que yo no tengo la culpa de que su pobre perro viva en una dictadura solitaria impuesta por una loca clasista hasta para los animales, y que mi perra, no será de raza, pero es preciosa, cariñosa, juguetona, me salió gratis y no corre el riesgo de quedar atrapada en la raja del culo de nadie cuando alguien se le siente encima por descuido en el sofá. No sé si lo habrá escuchado todo, porque el resto de dueños que estaban asistiendo al espectáculo, se han puesto de mi parte y también han empezado a gritar improperios. Claro que, todos eran chuchos.
No me gusta la gente que compra perros, me parece innecesario y cruel para los animales, pero además, intentar incluir el sistema de clases sociales que esta señora tiene en la cabeza en el mundo animal, creo que es una de las mayores locuras que existen.
Aquí os dejo una foto de mi chucho. ¿No es una monada?