Para soñadores de la realidad y vividores de lo imaginario.

lunes, 2 de febrero de 2015

Escena, el huevo

Era moreno y bastante chico, eso no equivaldría a que perdiera calidad en el gusto, no obstante, sí en el porcentaje de satisfacción. No merecía la pena pensarlo, tampoco había nada más. Su nevera le parecía un nuevo mundo ahora. Tenía recovecos que no recordaba haber visto antes, pensó que incluso a lo mejor, si sacaba los cajones y las bandejas, podía meterse dentro. Una opción más de refrigerio para el mes de julio más caluroso desde hacía cincuenta años, según había comentado la radio del vecino. Tenía suerte de que fuera sordo, a los demás les molestaba, pero ella lo veía como un acto solidario para el que no disponía de ningún aparato electrónico dedicado al entretenimiento.

Puso la sartén al fuego con un poquito de aceite, a penas media cuchara, en otros tiempos aquél minúsculo huevo se hubiese dado un buen baño de oliva dorada, pero estos eran otros y esa botella tenía que durar al menos un mes más.

Mientras esperaba a que el aceite se pusiera a tono, se acordó de los huevos con manteca que solían comer en el pueblo, eso sí que era una delicia de las buenas, se servían en pequeños cuencos de barro, ni una gota de yema podía escapar de la persecución incasable de la miga de pan.

Echó el huevo a la sartén, tenía la esperanza de que pareciera un poco más grande al espachurrarse una vez liberado de la cáscara, no fue así, era tan minúsculo como había imaginado.

Ahora ya podía vender la nevera también, no quedaba nada dentro y no creía que el gasto  eléctrico mereciera la pena para lo que solía albergar. Tampoco pasaba nada por comer una lata al día en vez de algo fresco, tenedores todavía tenía, claro que si lo hubiera pensado antes, le habría dado más alegría al huevo, de poco le servía ahorrar aceite si no iba a volver a cocinar.

Cuando estuvo a punto lo puso en un plato, lo cortó con cuidado en trocitos muy pequeños, recordaba haber leído, en tiempos de bonanza, que si uno come despacio se siente más saciado y por lo tanto no le hace falta mucha cantidad. Por aquel entonces leía revistas de dietas, si se le hubiera ocurrido que en esta época iba a adelgazar casi veinte kilos en un mes y medio, se hubiera gastado el dinero de las revistas dietéticas en pasteles de chocolate.

Echó algo de sal al mini huevo y procuró masticar despacio cada pequeño bocado, quiso engañarse pensando que al menos le había durado seis u ocho minutos, pero en realidad no habían sido más de tres.


Se recostó en la cama y, mientras se quedaba dormida, pensó en su nevera, a quién podría vendérsela, cuánto le darían por ella...