Para soñadores de la realidad y vividores de lo imaginario.

jueves, 5 de febrero de 2015

La hora de las curiosidades

Hacía ya varios días que su nuevo vecino le despertaba a eso de las siete, su puntualidad resultaba inquietante, todas las mañanas escuchaba su tamborileo. Era enérgico y no se distraía con facilidad, a Carla le gustaba observarlo.
Se movió sigilosa por la casa, Pablo aún estaba dormido y, para ser un niño de ocho años, tenía el sueño muy ligero. Encendió el ordenador, quería buscar información sobre Etiopía. Pablo le había preguntado por los etíopes en “la hora de las curiosidades” de la tarde anterior. Aquello había empezado como un simple juego y, sin saber cómo, se había convertido en un elemento más de la rutina diaria. Como la mayoría de los niños, Pablo había tenido su etapa de “y por qué”; si le decía que se pusiera las zapatillas le preguntaba por qué no andaban descalzos, si le llevaba al zoo, quería saber qué hacían allí todos esos animales. Así que a Carla se le ocurrió concentrar todas las preguntas del niño en una hora diaria, Pablo debía apuntar lo que quisiera saber en una hoja de papel a lo largo del día y, por la noche, ella se sentaría con él y contestaría todas sus preguntas. Pensaba que al niño  le daría pereza llevar lápiz y papel a todas partes y terminaría con esa molesta costumbre, no imaginó lo equivocada que estaba. A partir de entonces, “la hora de las curiosidades” se había convertido en el mejor momento del día para ambos, lo pasaban los dos solos disfrutando el uno del otro. Le divertía pensar que su hijo había conseguido que aprendiera mucho más del mundo que le rodeaba, de lo que había sido capaz en toda su vida de estudiante.
- Mamá, hay alguien dando golpes en el árbol de fuera - También le había despertado a él.
- Es un pájaro carpintero cariño, creo que se está haciendo su casita.
- ¿Una casa?, ¿Cómo? - Los ojos como platos. Sonrió, debía estar imaginando al pajarillo con un montón de clavos, un martillo y tablones de madera bajo el ala.
- No estoy segura, creo que hacen un agujero en la corteza del árbol hasta que es lo suficientemente grande como para poder vivir en él, mira. - Se asomaron a la ventana. Tenía el plumaje rojo y negro, era bastante pequeño, su tamaño no concordaba para nada con el ruido que emitía al hacer chocar su pico una y otra vez contra la madera.
- Alaaaaaa - Le había encantado.
- Venga, desayuna y vístete que vamos a llegar tarde, si quieres hablamos sobre los carpinteros esta noche.
- Para hoy tengo otra pregunta. - Lo dijo serio, entornando los ojos, en su cara se dibujó una extraña serenidad. A Carla no le hizo gracia. Desde que Pablo nació, esperaba que llegara el día que quisiera saber dónde estaba su padre. Y ya era bastante mayor para sumar uno más dos. Ella había pasado muchas noches en vela elaborando miles de excusas mentales, pero ninguna le convencía. No entendía por qué un niño como él, que le había preguntado sobre todo lo que se le había ocurrido desde que aprendiera a hablar, incluso una vez la dejó estupefacta preguntándole por qué el agua del mar no se sale, nunca se había decidido a preguntar por su padre. Tenía que ver a los demás niños con ellos por todas partes pero no hablaba de ello, hacía como si no existieran. Los dos lo hacían.
Después de dejarle en el colegio decidió dar un paseo para despejarse. La primavera había aparecido de repente y se mostraba en todo su esplendor. A Carla la primavera le parecía una gran estrella del pop, salía a escena cuando el nivel de expectación estaba en lo más alto y nunca defraudaba. Era un día perfecto para disfrutar de los nuevos aromas que ofrecía la llegada del calor, pero en su mente todo estaba congelado.
¿Qué le vamos a decir?, igual nos pregunta otra cosa, desde luego la tarde no irá de etíopes, podemos decirle que simplemente se fue, como a todos”.
Pero no podía decirle eso. No quería que se sintiera un niño abandonado, bastante había tenido ya, con la pérdida de sus abuelos de forma tan repentina el año anterior.
Bueno, pues dile lo que hicimos, ¿crees que eso sí que lo va a soportar?, cállate. Que no pensemos en ello no hace que parezca menos atroz. Pensamos en ello todos los días, a todas horas. No, pensamos en que habrá que pagarlo algún día, nos corroe el miedo a ser pilladas, tarde o temprano lo harán.Pero no pensamos en los ojos inyectados en sangre, en el sonido seco del cuerpo al caer, no pensamos en su mueca de horror cuando se dio cuenta de lo que íbamos a hacer, ese instante fugaz en el que su mirada pasó del asombro a implorar clemencia. Pensamos en el día en que Pablo abra la puerta de casa a quien venga a buscarnos y se quede ahí, inmóvil, sin saber qué hacer ni qué decir, con las lágrimas rodándole por la cara, mientras intenta entender la situación, pero no guapa, nunca en lo que hicimos. ¿Y qué hicimos?, ¿acaso no es feliz así?, le dimos una vida normal, una vida llena de amor. ¿Y qué hay del amor paternal?, se lo quitamos. No. Sí. Jamás lo hubiera tenido. No era bueno para él, ¿estás segura?, ¿no era bueno para él, o no lo era para ti? No le quería, lo dijo de todas las formas posibles, se le veía en la expresión, en sus gestos, en los abrazos y besos que dejó de darnos, lo estaba gritando en silencio “NO LO QUIERO”. Es posible, ¿pero acaso lo dijo con palabras?, ¿se lo preguntamos alguna vez?, ¿De qué sirve todo esto? Ahora nunca lo sabremos”.
 Aquellas discusiones consigo misma solían terminar en un callejón sin salida. ¿Acaso estaban ahí de verdad? Dos Carlas, puede que incluso más. “Lo hicimos por él, no hay nada de qué avergonzarse, volveríamos a hacerlo.
            Cuando Pablo salió del colegio corrió hacia ella con una gran sonrisa dibujada en la cara.
- ¡Vaya!, qué contento estás, ¿has tenido un buen día?
- Sí, un niño de mi clase, le ha dicho a su mejor amigo, que es hermano de la mejor amiga de la niña que me gusta, que yo también le gusto un poco. Pero no sé si ella me gusta del todo, porque le ha dicho al mejor amigo del niño de mi clase, que la semana que viene le van a poner un aparato y hay otra niña en mi clase con aparato que ya no sabe hablar. Así que a lo mejor cuando se lo pongan ya no me gusta. No me gustan las niñas que no hablan bien mamá.
Las carcajadas brotaron imparables hacia su garganta, empezaron a caerle lagrimones por la cara.
-¿De qué te ríes mamá? - Él también sonreía, le gustaba verla feliz.
- De nada cariño, ¿quieres que vayamos al parque?
- ¡Sí! ¿A la zona de los patos?, ¿compramos unos gusanitos para ellos y otros para mí también?
-Bueno. Dime, ¿quieres que te cuente lo que sé de los etíopes? - En realidad no sabía nada, había pasado todo el día pensando en qué le iba a contestar cuando quisiera hablar de su padre, pero se tiró el farol.
-No. Quiero hacerte mi pregunta “curiosa”. - Así las llamaba él. Los patos y los etíopes  no habían sido suficiente distracción.
- Se supone que tenemos que ceñirnos a lo que apuntes en tu libreta el día anterior, ayer pusiste Etiopía, no soy una enciclopedia cariño, si me pillas por sorpresa, no puedo saber todas las respuestas.
- Ya lo sé mamá, pero esta la sabes. - Ahí estaba esa seriedad otra vez. Le ponía muy nerviosa ver a su hijo con esa cara, parecía diez años mayor.
- Aunque la supiera, se supone que tenemos una norma, si no la seguimos, ¿para qué la implantamos en su día?
- ¿Qué quiere decir implantar?
- Poner.
- Ah, bueno, ¿y no podemos saltarnos la norma sólo hoy mamá? Por favor. Si quieres no hace falta que me compres los gusanitos.
- ¿Y qué tienen que ver los gusanitos con esto?
Se dio cuenta de que le había cogido de la mano y andaba muy deprisa, tirando un poco de él, se estaba poniendo nerviosa, intentó serenarse.
- A ver, puedo comprarte los gusanitos igual, es solo que no entiendo a qué viene tanta insistencia con cambiar de pregunta. No hace falta que hagamos un trueque.
- ¿Qué es un trueque?
- Un intercambio. No sé si te has dado cuenta, pero no hemos llegado al parque y ya llevas dos preguntas, te estás saltando la norma otra vez - Estaba enfadada, aunque no con el niño.
- Vale - miró hacia el suelo como si hubiera hecho algo malo - entonces apuntaré mi pregunta para mañana en la libreta.
“Con este comportamiento al final nos va a pillar, si nos ponemos así cada vez que tenemos una duda sobre lo que quiere saber, va a sospechar algo raro, ahora es pequeño, pero crecerá y se acordará de estas cosas, hay que actuar de forma natural”
La otra Carla, fuera quien fuera, tenía razón. Le miró y seguía caminando cabizbajo en silencio. Le dio lástima, era un niño muy sensible.
- Está bien, cuando lleguemos al parque, puedes hacerme esa pregunta, pero sólo hoy ¿eh? El resto de días tendrás que seguir apuntando en tu libreta lo que quieras saber. ¿Lo prometes?
Levantó la mirada y sonrió agradecido.
- Te lo prometo.
Cuando llegaron al parque se sentaron en una roca plana que había muy cerca del estanque, era la preferida de Pablo, había estado expuesta al sol todo el día y resultaba bastante cálida, desde allí veía a los patos y podía tirarles todos los gusanitos que quisiera.
- ¿Empezamos ya?
- Sí.
- Un dos tres, llega la curiosidad, si no la tienes, nada aprenderás - Lo dijeron al unísono, era la forma oficial de empezar con “la hora de las curiosidades”, ambos se reían.
- Muy bien, pues dime, ¿qué quieres saber?
- ¿Por qué papá nunca sale de mi cuarto?
Carla lo miró con asombro, esto sí que no lo habría esperado ni en un millón de años.
- Cariño, no entiendo bien la pregunta, tu padre no está en tu cuarto, ni él ni nadie.
- Sí, siempre está ahí. A veces jugamos, pero dice que no puede salir. Le he preguntado muchas veces por qué no sale con nosotros y siempre me dice que no puede, pero anoche, se lo pregunté otra vez y me dijo que te lo preguntara a ti, ¿por qué no sale mamá?
¿Puede ser que tenga un amigo imaginario y crea que es su padre?, o a lo mejor es él de verdad, hay mucha gente que cree en fantasmas. Pero nosotras no, es imposible que sea él. Tampoco creíamos que fuéramos capaces de matar a nadie y mira. Eso es diferente.”
- ¿Mamá? - Pablo interrumpió sus pensamientos - ¿por qué no sale?
- Cariño, te vuelvo a repetir, que no hay nadie en tu cuarto. ¿Por qué te inventas estas cosas? Si quieres saber quién es tu padre o dónde está, te lo diré, pero no hace falta que me mientas.
- Pero mamá, no estoy mintiendo.
- De acuerdo - respiró hondo - y si hay alguien en tu habitación, ¿cómo sabes que es tu padre?
- Porque me lo dijo él.
- ¿Cuándo?
- No lo sé, hace mucho.
- ¿Y por qué no me has hablado de él hasta ahora?
- Porque me dijo que era un secreto nuestro. Que nadie más tenía que saberlo, pero ayer me dio permiso para preguntarte.
- Escucha Pablo, vamos a recoger las cosas y nos iremos a casa. Entraremos en tu habitación y tú me dices si les ves o no, ¿de acuerdo?
- Vale - volvió a mirar hacia el suelo, disgustado - pero no has contestado mi pregunta.
- Cariño, no puedo contestar esta pregunta, me acabo de enterar de que según tú, alguien vive en tu habitación, yo no tenía ni idea de eso.
- ¡Según yo no mamá! - gritó - ¡está allí y es mi padre!, ayer me dijo que no ibas a creerme, yo le dije que sí, porque tú siempre me crees - se puso a llorar - pero tenía razón, crees que te miento.
Le cogió suavemente por los hombros para que la mirara. No lo hizo, continuó con la cara enfocada al suelo, podía ver sus lágrimas empapando la piedra grisácea.
- Escucha, te creo ¿vale? - intentó calmarle - sé que nunca me mientes. Es que me ha pillado por sorpresa. No llores más, vamos a casa y me lo enseñas, ¿de acuerdo?
- Vale - se sorbió los mocos - aunque a lo mejor ahora no está, solo le veo cuando no estás tú.
- Bueno, pues vamos a probar.
De camino a casa a Carla se le pasaron mil cosas por la cabeza, no entendía lo que estaba pasando y su inquietud iba en aumento. Si Pablo creía ver a su padre todos los días, era lógico que nunca le hubiera preguntado por él. Por otro lado, era imposible que le viera, ya no existía, se había asegurado de ello. Puede que el niño hubiera visto alguna foto antigua y se lo estuviera imaginando todo.
Pero no tenemos fotos de él en casa, nos deshicimos de todas antes de que naciera. A lo mejor se nos olvidó alguna ¿estás segura? Recapitula, nos mudamos después del incidente, por llamarlo de alguna manera, y solo nos llevamos nuestras cosas, el resto fue a la basura, nos aseguramos de ello, joder nena, si pusiste tu plan en marcha al empezar a mover dinero entre las cuentas, viajando hasta no sé dónde para hacer compras con sus tarjetas de crédito, te deshiciste de casi toda sus pertenencias como si se las hubiera llevado él, y todos creyeron nuestra versión. Fuimos la pobre embarazada a la que abandonó su egoísta pareja. Búscate otra excusa para las locuras del niño porque esta no nos vale. Seguro que cuando lleguemos a casa nos damos cuenta de que todo esto es una tontería de críos. Eso espero”
Al entrar en casa Pabló se deshizo de su mochila y su chaqueta tirándolo por medio mientras corría hacia su habitación.
- Ven mamá corre, está aquí.
Carla cerró la puerta de casa, en el fondo no quería ir, una pequeña parte de ella tenía miedo de que estuviera allí de verdad. Cuando llegó al cuarto, sólo vio a Pablo, que miraba hacia una pared. Al notar su presencia, se giró para mirarla.
- Tenías que haber corrido mamá, estaba aquí y ahora se ha ido.
-  ¿Y no puedes pedirle que vuelva?
- ¿Cómo voy a decirle que venga si no está aquí?
- Claro, tienes razón. Escucha, se ha hecho un poco tarde y todavía tienes que merendar y hacer tus deberes, así que vamos a dejar “la hora de las curiosidades” por hoy, ¿de acuerdo?
Remoloneó un poco, pero al final accedió.
- Bueno, - lo dijo alargando la palabra, como si le estuviera haciendo una concesión, “bueeenooo” - pero primero meriendo con la tele y luego los deberes.
- Trato hecho. Tienes un bocadillo en la encimera de la cocina.
Pablo se fue a merendar y Carla se quedó en la habitación, pensando, miró hacia la pared a la que miraba su hijo unos minutos antes, tenía una pequeña pizarra y un corcho con varias fotos sujetas por chinchetas de colores. A parte de eso, nada más.
Se giró, escudriñándolo todo, no veía nada fuera de lo normal, era una habitación desastre como la de cualquier niño de ocho años, juguetes revueltos por el suelo, ropa sucia en la silla y en la cama y un pequeño escritorio lleno de libros y papeles del colegio. Se acercó al escritorio y vio la libreta que Pablo tenía para “la hora de las curiosidades”. Le echó un vistazo rápido, era muy desordenado en casa pero la libreta estaba muy bien organizada. En la parte superior derecha de cada hoja aparecía la fecha, después, centrado en el folio, un enunciado en mayúsculas HORA DE LAS CURIOSIDADES y debajo, a izquierda, un enunciado más pequeño en el que ponía: PREGUNTAS, a esto le seguían las preguntas que le pensaba hacer ordenadas en una lista. Más abajo, también a la derecha, otro pequeño enunciado en el que ponía RESPUESTAS y escribía, más o menos, todo lo que recordaba que Carla le había dicho la tarde en cuestión. Buscó la fecha del día en el que se encontraban, la hoja parecía igual que las demás, tenía la fecha, el enunciado central y los otros dos más pequeños a la izquierda, uno arriba y otro abajo. Pero en el apartado PREGUNTAS, no aparecía la letra de pablo, ni una serie de cuestiones ordenadas en columna, en su lugar, alguien había escrito en letras enormes y con tinta muy oscura: “pregúntale por ” y debajo, en el apartado correspondiente a RESPUESTAS, con el mismo puño y pluma: “sí lo quería, siempre lo quise. Seguiré aquí para él”.

Carla rompió la libreta con furia, intentando que cada trozo de papel quedara hecho añicos, después la tiró a la basura y salió de la casa para tirar la bolsa al contenedor. Aquella tarde “la hora de las curiosidades” terminó para siempre.