Para soñadores de la realidad y vividores de lo imaginario.

lunes, 2 de marzo de 2015

Abrazado al tiempo

Pintura de María Jesús Barajas 
Para algún despistado que pasara por allí sin darse cuenta, sólo sería un banco sucio y pintorreado en un viejo parque abandonado por la historia. No se escuchaban gritos de niños correteando por los oxidados columpios de hierro envejecido. Aquellas madres, vigilantes de dientes rotos y chichones, serían ahora abuelas como él. Ellas tampoco volverían, se fueron con los buenos tiempos.
Él, sin embargo, seguía acudiendo todas las tardes, se sentaba en el mismo banco donde los vio crecer, reír a carcajadas, llorar cuando alguno se caía y corría buscando la seguridad de su abrazo, se dejaba llevar por los recuerdos y cada día se sentía un poco más pequeño. Necesitaba de unos brazos abiertos ahora, más que nunca, pero no era capaz de encontrarlos por ninguna parte.
Sólo las palomas se dejaban ver de vez en cuando, no atendían a su presencia, inmóvil, no les provocaba ningún temor.
Empezó a llevarles algunos frutos secos, no sabía muy bien por qué, se sentía en la obligación de darles algo a cambio de su compañía, una recompensa por compartir el recuerdo del lugar olvidado por el resto, esos que habían sabido cómo seguir adelante.
Se dio cuenta de que se parecía mucho a sus amigas voladoras, podían desplegar sus alas y partir hacia cualquier lugar y, sin embargo, siempre volvían allí, puede que movidas también por el recuerdo de lo que antaño fuera un sitio alegre, lleno de comida caída de las bolsas de chucherías agarradas con torpeza por las pequeñas manos de los niños distraídos con los juegos y los columpios.
Quizá ellas también añoraran, y, como él, se hubieran quedado estancadas en el tiempo sin darse cuenta de que todo pasó.
Ahora sólo contaba con su compañía, a cualquiera le habría parecido triste, para él era una relación natural, acabó encontrando en ellas el caluroso abrazo que tanto necesitaba.