Para soñadores de la realidad y vividores de lo imaginario.

lunes, 13 de abril de 2015

Cinco mil pesetas

Intentaba que entrase en su mundo de repente, pero no es fácil encontrar las puertas de la demencia. Por mi parte, quería atraerle a este, donde presupongo que estamos todos compinchados, para hacer que se sintiera un poco mejor, no lo conseguí.
Él no puede sacudirse la locura cuando quiere y busca con desesperación una mirada cómplice. Cinco mil pesetas, me decía, por llevarme a Madrid. Eso debía pagar por su libertad, acaso pensaba que era lo que tenía en la cartera en ese momento y no se atrevía a ofrecer más. Si tiene usted coche, me lleva a Madrid, que me están esperando,  le juro que le doy cinco mil pesetas. Esa mirada suplicante, su pelo blanco enredado, esperando el peine de una mano familiar que nunca llega, su indumentaria elegida al azar por una mente caprichosa que sólo entiende de abrigarse un día más y esas manos temblorosas, que se juntan a la altura del pecho para acompañar la voz que surge del trastorno.
Y una casi siente ganas de montarlo en el coche y llevárselo de allí, ¿a Madrid?, a donde quiera. Se puede palpar su encierro, una cárcel con cafetería para las visitas que nunca recibe y un gran salón para los juegos a los que ya no puede jugar. ¿Dónde está él? nadie lo sabe, supongo que un mundo a miles de años luz de este, uno en el que no entiende por qué está echada la llave de la libertad.
Todos agachan la cabeza cuando le ven venir, más que una persona parece un animal salvaje. Huyen de su locura como si fuera contagiosa, pero él no desiste, cinco mil pesetas, por favor, llévenme a Madrid...